Su propio afán

Menos jaleo

Los antiguos revolucionarios ahora revolucionados están recibiendo dosis de su propia medicina

Esos vídeos en que se ve cómo algunos ciudadanos asaltan los plenos del Ayuntamiento de Cádiz para increpar al alcalde José María González "Kichi" y a su equipo de gobierno tienen mucho peligro. Sobre todo para los contrarios políticamente al alcalde o a su partido. Podría expandirse cierto regodeo de puro gusto. Esto es, que uno se recrease en la justicia poética de que el alcalde que hace muy poco coreaba la consigna de "la próxima visita/ será con dinamita" tuviese que vérselas con sus propios megáfonos o análogos. Una dosis de su propia medicina, como se dice.

Pero esa homeopatía nos sienta mal a todos, no sólo al alcalde. Porque extiende la falta de respeto institucional, la osteoporosis del sistema democrático. Precisamente los increpantes suelen hacer menciones encendidas a su derecho democrático de reventar a gritos los plenos y de insultar a los representantes públicos. Se ha equiparado "la democracia" con lo que la desmorona.

La situación exige poner pie en pared. Los antiguos revolucionarios ahora revolucionados tendrían que reflexionar sobre los inmortales versos del Tomás Moro de Shakespeare: "¿Qué capitán rebelde,/ iniciado el motín podría con su nombre/ retener a la chusma? ¿Quién obedecerá/ a ese traidor, cuya proclamación / de 'capitán' [o de alcalde, en nuestro caso] no os puede sonar bien/ llevando el adjetivo de 'rebelde'?" Quien no respeta no puede exigir respeto, del mismo modo que quien desobedece no puede esperar obediencia. Es la teoría del Motor Inmóvil de Aristóteles aplicada a la autoridad. Eso nos llevaría muy lejos, lógicamente, pero basta saber que nadie puede cosechar en política lo que no sembró y viceversa.

Pero también han de poner pie en pared los que se alegran de este jaleo. Así, como quien no quiere la cosa, están justificando retrospectivamente cuando los otros reventaban otros actos. Nada demuestra tanto el respeto por las instituciones democráticas como cuando se exige para nuestros contrincantes políticos.

El altercado y el insulto no favorecen, en realidad, a nadie, porque, como se ve, el que durante un momento parece que acorrala de esa manera a su rival acaba, más pronto que tarde, acorralado y con sus propios métodos. La oposición política es más poderosa y, en el fondo, más implacable cuanto más sensata, razonada, educada y comprensiva con el contrincante. Los gritos y los insultos nos ensordecen y rebajan a todos.

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