Antonio Sánchez / Trigueros

Un intelectual resistente

UNO de los hechos más curiosos y sobresalientes de la vida literaria española y granadina de los últimos treinta años ha sido sin duda el largo pero firme proceso de reconocimiento del que ha disfrutado la figura de Francisco Ayala desde su vuelta definitiva a España, como docente jubilado, hasta la apoteosis final de su centenario. En 1977 sólo los especialistas sabían de su existencia como novelista y autor de cuentos, lo que de ninguna manera significaba que lo hubieran leído. Es más, en ese momento de incorporación estable a la vida española, en esos complejos años de la transición política, Ayala provocaba los más acusados recelos de la práctica totalidad de los grupos políticos en acción: para unos era un viejo republicano de izquierdas, azañista, soterrado crítico del franquismo, en suma, un rojo; para otros era un ideólogo burgués, olvidado de los ideales frentepopulistas, crítico de los sistemas totalitarios, en suma, un traidor. El vacío político que se le hizo en Granada en aquel viaje académico de 1977 es suficientemente expresivo al respecto.

Y así continuó la situación hasta que las aguas se fueron serenando y, merced al esfuerzo y dedicación de un corto número de profesores y gestores de la cultura, militantes ayalianos de varios rincones de España, comenzó a emerger el reconocimiento a la figura de narrador e intelectual que se había mantenido firme en su posición de independiente, defensor de las libertades democráticas, pensador liberal activo pero crítico siempre con cualquier tipo de liberalismo sin freno. Y empezaron a llegar los reconocimientos oficiales, los homenajes públicos en una verdadera sucesión febril de acontecimientos sobre todo a partir de los años 90 del pasado siglo.

En el origen de este proceso, pues, estuvieron los que quisieron situarse en el lugar del compromiso crítico por encender y mantener el fuego alrededor de una obra de calidad y por persuadir (y cuán fácil se les hacía) a las nuevas generaciones de jóvenes lectores a que disfrutaran con unos textos plenos de actualidad y los proyectaran, más allá del goce estético que magistralmente procuran, hacia la reflexión sobre la condición humana, que es uno de los grandes motivos de la escritura de Ayala y de su preocupación como intelectual.

Por eso quiero recordar de nuevo hoy que Francisco Ayala, entre otros muchos y relevantes oficios, ha ejercido con sinceridad proverbial de crítico lúcido y libre ante los más variados aspectos de la realidad. Conviene no olvidar que la riquísima personalidad del autor de Muertes de perro, imposible de encasillar y clasificar, trasciende los límites de la creación literaria, su actividad más conocida, para situarse en el lugar del intelectual crítico, que sin ningún tipo de ataduras y con coherencia y empeño ha seguido de cerca y explicado con rigor las evoluciones de la realidad cultural, política y social de nuestro tiempo.

En los días que siguieron a la concesión del Premio Cervantes a Francisco Ayala, desde las columnas de un diario nacional un ayaliano de pro afirmó que si la categoría de intelectual no anduviera ya muy venida a menos, se podría decir que el calificativo de intelectual es el que convendría mejor a nuestro Francisco Ayala. Yo, por mi parte, dándole la vuelta a ese razonamiento, en aquel momento me permití añadir que hombres como el autor de Los usurpadores son los que volvían a ennoblecer ese admirable calificativo de intelectual, que él ha contribuido a limpiar de falsas cuando no extrañas adherencias.

Rica en calidad y rica en variedad, la obra de Ayala, cuyos valores cuantitativos, con ser sin duda impresionantes, me parecen anecdóticos comparados con la calidad y variedad a que acabo de aludir, se nos presenta caleidoscópica por el número de aspectos y géneros que a lo largo de más de 65 años, desde su juventud hasta hoy, ha sabido tocar con maestría: una veintena de obras narrativas con frecuencia renovadas en sus múltiples ediciones, más de veinte libros de teoría y crítica literaria, dos decenas de volúmenes dedicados a estudios sociológicos, un buen número de traducciones de obras literarias y cientos y cientos de artículos aparecidos en revistas culturales y en los diarios más prestigiosos de España y América. Y esto sólo en lo que se refiere a su obra escrita, porque hay que hacer un especial hincapié en sus relevantes méritos como profesor de Literatura siempre admirado en las universidades del continente americano en que ejerció; y Ayala siempre se ha ufanado con razón de no haber querido ser un escritor profesional de una novela por año, y sí de haber vivido de su cátedra, de su verdadera vocación de profesor.

Ha muerto un hombre, un gran hombre, pero sigue vivo en su obra. Y yo he tenido la inmensa suerte de haber podido estar muy cerca de él durante más de 25 años, y la inmensa alegría de haber contribuido a que gozara de muchos momentos de felicidad en los penúltimos lustros de su vida.

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