La tribuna

Ildefonso Marqués Perales

Un huracán llamado Thomas Piketty

PODRÍAMOS sustituir a Fidel Castro por Thomas Piketty y a los aduladores de Batista por los economistas neoliberales y entonar de nuevo los famosos versos de Carlos Puebla: "Y se acabó la diversión, llegó el comandante y mandó a parar". Tras un primer golpe que los ha dejado consternados, los defensores más radicales del capitalismo han comenzado a estudiar y preparar una respuesta que los sacuda de su silencio. Si nos faltaba un pensador capaz de ofrecernos un diagnóstico económico veraz de los problemas contemporáneos que acucian a nuestras sociedades ya, por fin, lo tenemos. Éste es el libro, como algunos señalan, que el 1% más rico de los EEUU no quiere que lea el restante 99%.

Si no nos conformábamos con la vulgata retrocomunista ni con el inmaculado formalismo neoliberal, ya tenemos a un nuevo pensador que dejará huella, y quédense con su nombre por lo a partir de ahora lo van a escuchar continuamente: Thomas Piketty. Después de tantos años de dominación conservadora, parte de la supuesta sabiduría de la ciencia económica se halla desmentida. James Pethokoukis, uno de sus valedores, lo ha dicho claro y alto, Piketty ha de ser rebatido sin más dilación pues, en caso contrario, a la ciencia económica le sucederá lo mismo que pasó cuando Hayek calló ante la publicación de La teoría General de Keynes. Financial Times ha sido el primero que se ha arrojado con una crítica a la base de datos que emplea.

Según Paul Krugman, El capital en el siglo XX se convertirá en el libro de economía más importante de la década. En él se realiza un riguroso examen histórico de la desigualdad en el siglo XX empleando la base de datos más completa hasta la actualidad (World Top Incomes Database). El libro constata una idea básica: el capitalismo no es un sistema moral. Dicho de otra forma: el capitalismo dejado por sí sólo no genera una sociedad meritocrática. Pese a que pueda orquestar acciones, el mercado es propenso a generar desigualdades de forma mecánica y, lo que es más importante, sin establecer ningún tipo límite. Piketty desmonta, así, la hipótesis formulada por el economista ruso Simon Kuznets. Éste rezaba que la desigualdad de las sociedades toma la forma de una U invertida, es decir, baja para las sociedades industriales, alta en las sociedades de transición a la industria y, de nuevo, baja en las sociedades industriales avanzadas.

No obstante, para Piketty, el mercado crea sistemas dinásticos cuyo fundamento de reproducción no es la valía ni el esfuerzo sino la herencia. El mecanismo que explica la primacía de la herencia sobre el mérito es el resultado de unas diferencias positivas, mantenidas históricamente, de la tasa de rendimiento del capital sobre la tasa de crecimiento económico. Cuando este último es mayor que el primero el dinero fluye, suben los salarios, el empleo y el Estado recauda. Cuando es menor se concentra y surgen el capitalismo patrimonial. Ya saben "en el mundo de los ciegos (una economía sin crecimiento) el ciego (el superrico) es el rey". En este escenario es como si "de alguna manera el pasado se comiera al futuro: los ricos que son producto de un tiempo pasado progresan mecánicamente más rápido, sin trabajar, que los ricos que trabajan y ahorran (p.600).

Piketty señala que son los factores políticos los únicos capaces de transformar esta situación. De hecho, han sido las guerras, la difusión del conocimiento y las drásticas políticas de redistribución las que consiguieron históricamente situar la desigualdad a un nivel deseable. Del mismo modo, fueron asimismo factores políticos, la revolución conservadora, las que permitieron que la desigualdad aflorara a finales de los setenta. Los hechos son tozudos al respecto. Tomemos el dato sobre la riqueza del 1% más rico de los EEUU. En 1928, gozaban de un 24% de la riqueza total; en 1945 poseía el 12% y en 1973 sólo el 9%. Desde entonces, este 1% ha ido cogiendo brío para llegar al punto de partida en 2010, un 22%.

La consecuencia inevitable de este estado de desigualdad es la imposibilidad de mantener una democracia verdadera o, si se quiere, de buena calidad: los poderosos son tan poderosos que pueden corromper a las instituciones para que estas naveguen a su favor. Así, nuestros hijos no sólo crecerán en un mundo dominado sólo por los ricos y por sus hijos sino por sus nietos y tataranietos. ¿Habrán captado esto los partidos políticos? Me temo que no.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios