¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

La grosería como estrategia

Conocidos de sobra son los versos de Machado: "Un golpe de ataúd en tierra es algo/ perfectamente serio." La muerte sigue siendo esa frontera en la que cesan todas las batallas y todos los reproches, como hemos vuelto a comprobar ante el cadáver de Rita Barberá. No entraremos en el coro de plañideras ni en las autocríticas colectivas a las que hemos asistido en las últimas horas. Las responsabilidades son siempre individuales y cada cual sabrá cómo actuó. A la gente de bien -y a la de mal- sólo le queda descubrirse ante el ataúd y seguir con su vida, como es ley.

Sin embargo, sí nos gustaría detenernos en la negativa de los diputados de Podemos a guardar un minuto de silencio por una senadora que aún no estaba condenada por delito alguno. No nos fatigaremos en el debate sobre si la formación de Pablo Iglesias acertó o no en su decisión, ya que no estamos ante un acto espontáneo más o menos desafortunado, sino ante una consecuencia de una estrategia perfectamente trazada que pretende escenificar una ruptura con lo que ellos consideran las hipócritas maneras de la vieja política. No se trata sólo de romper el orden político, sino también su estética, su manera de estar en el mundo, sus melindres y amabilidades, sus trajes y sus corbatas. La inelegancia y la grosería no son un déficit en la educación de las señorías moradas, sino una opción consciente, como la de un cachorro burgués metido a rapero faltón.

Esta estrategia hunde sus raíces en una larga tradición occidental según la cual las buenas maneras, las convenciones sociales, los modales, no son más que máscaras con las que la burguesía esconde su hipocresía, su vacío vital, sus intereses mezquinos, su espíritu ramplón, su egoísmo de clase. Es lo que pensaban las juventudes marxistas y fascistas de los años 30, la muchachada del 68, los punkies de los 80… Por supuesto, detrás de esta idea hay un anhelo de pureza adolescente, la superstición de que lo grosero es una manifestación de lo auténtico. Frente a esos políticos de la Transición que, tras noches agotadoras de tabaco y debates, no se apeaban el usted ni se quitaban la corbata, Podemos nos propone el desaliño indumentario, el colegueo, la retórica del argot. No está mal para un muchacho que lanza al mundo sus primeros gallitos y siente en el alma un confuso malestar, pero es una actitud un tanto sonrojante para los que el tiempo ya les ha enseñado que las maneras, tanto en la política como en la vida, nos definen y conforman.

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