Los responsables de Medicina Preventiva ya no saben cómo frenar la avalancha de sanitarios que les piden aislarse en casa, tras haber realizado una guardia en un terreno sembrado de minas. No pocos servicios tendrían que cerrar si dejaran en cuarentena a todos los que han estado en contacto con algún paciente -o compañero- que haya sido contagiado, o que resulte sospechoso. Como estaba escrito, los positivos se multiplican también entre los sanitarios y la angustia se está poniendo las botas. Bajo tanta presión, obligar a trabajar a un profesional, tras haber coincidido con algún compañero contagiado, salvo si aparecen síntomas como tos o fiebre, no ayuda a tranquilizar los ánimos y sí aumenta el riesgo de contagio. Por eso son tan necesarios los test preventivos, para serenar a todos los afectados, y a la vez poder contar con todos los prefesionales posibles con garantías.

Hoy no se puede descartar que incluso haya sanitarios contagiando a sus pacientes. A la mayoría, de hecho, les niegan los equipos de protección, y sólo a los que están en contacto directo con los enfermos les ofrecen una mascarilla... para toda la jornada, algunas de doce horas. Demencial. El panorama es más que inquietante en hospitales como Puerta del Mar, conscientes de que caerán como chinches si no llegan ya las gafas, batas y mascarillas. De poco servirá el esfuerzo realizado para habilitar unas nuevas Urgencias, en tiempo récord, si les niegan lo esencial. Y ciertamente cuesta entender que en pleno siglo XXI, las autoridades (in)competentes no sean capaces de abastecer a los hospitales con los equipos de protección: tendrían que mirárselo. ¿Cómo es posible que sepamos construir trenes y barcos de última generación y que cueste tanto fabricar mascarillas? ¿Cómo no vamos a saber coser un filtro a un trozo de tela? La situación es también de locos en las residencias de mayores, por no hablar de aquellos usuarios dependientes a los que también se deja en la estacada, sin anestesia.

La cosa se está poniendo tan seria, que ya los sanitarios no se hacen ni fotos, ni vídeos. A la cantidad de voluntarios que se aprestan a arrimar el hombro, hay que descontar los que se borran y se dan de baja. Pero no por desaprensivos, sino porque el miedo les atenaza. Ocurre en todas las empresas. Si ya era difícil trabajar en un hospital ante de esta crisis tras los recortes, ahora que ven a los compañeros con bolsas de basura para protegerse del virus en algunos centros, aún es más complicado.

Los médicos y los enfermeros llenan todas las tardes con su grito de guerra, mientras la sociedad se inclina ante ellos aplaudiendo a coro. Oigamos su voz, porque a los gobernantes es casi imposible creerles. Abordaron la crisis tan desprovistos de cautela, que la voz del peligro les llegó debilitada y la ignoraron por completo. Tiempo tienen para ejercer como se espera de ellos y no como provocadores. Pero cada minuto que se pasan hablando sin decir nada, es más desazonador. No basta con decir que queda lo peor. El comerciante más humilde ha puesto su granito de arena. En los conventos ya elaboran mascarillas. Y los ciudadanos dan ejemplo confinándose. Sólo queda que el Gobierno cumpla y proteja a su gente, haciendo los test de forma masiva a los sanitarios ya y suministrando equipos para evitar que la cosa empeore. Sólo así se ganará esta batalla a este virus tan rencoroso, que intenta beberse nuestra alegría, haciéndonos sentir en tierra lejana en nuestra propia casa.

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