Notas al margen

David / Fernández

Una gran verdad

Los periodistas estaremos eternamente agradecidos a Podemos por abrirnos los ojos con esa campaña impagable con la que declaró la guerra a la prensa local bajo el lema #RigorEnPrensa. Dado que la clarividencia de sus dirigentes les ayuda a discernir cuándo un periodista es honesto y cuando publica historias falsas, es imposible explicarse que a nadie se le ocurriese llamar al alcalde de Cádiz para que firmara de su puño y letra las crónicas de los plenos. Nadie mejor que él para contar por qué en este país lo que celebramos cada 12 de octubre no es más que un genocidio. Sólo desde su independencia habría sido posible redactar con objetividad la noticia sobre el informe que remitieron los técnicos de Aguas de Cádiz para defenderse de las acusaciones que el propio José María González lanzó para acusar al anterior gobierno del PP de suministrar agua contaminada a sabiendas en Loreto. Como ocurrió durante 20 años con Teófila, antes con Carlos Díaz y durante siglo y medio con cada uno de los regidores de Cádiz, este Diario debió solicitar al alcalde que titulara con letras de molde y en portada la información sobre la querella que presentó el PP en su contra. ¿Quién si no? Tan afectado se le ha visto con la información publicada, que se armó de valentía para proclamar junto a la nunca bien ponderada Teresa Rodríguez, que la prensa está secuestrada por la publicidad y otros intereses particulares. Motivos tienen de sobra, porque tampoco se invitó al alcalde a que presidiera la reunión de primera página cuando el PSOE tuvo la osadía de cuestionar la cuantía de la deuda municipal, ni cuando este rotativo se hizo eco de su reunión secreta en Lucena para buscar financiación alternativa para el Ayuntamiento. Pero todo tiene remedio, porque si hasta ahora los medios controlaban al poder, ahora ellos van a fiscalizar a los periodistas. Defienden con tanto ardor la democracia, que cuando es preciso emplean métodos totalitarios con todo el dolor de su pluralidad para protegerla de quienes no aprecian sus virtudes. Incluso arremeten contra cualquier pensamiento independiente si éste, sin querer, pone en peligro su doctrina. Su voluntad de acero es tan determinante, que meses después de llegar al poder, Podemos ya denunció las prácticas mafiosas de cierta prensa. Fueron tantas las señales, por tanto, que nunca se debió llegar a esta situación límite que les ha forzado a condenar los desvaríos de la prensa desde el cariño, por supuesto. Sus argumentos son una completa falacia, es obvio, pero no dirán que no lo bordan cuando vienen a decir que estamos juntos en esto, que lo hacen por los periodistas.

Su descarado populismo sería asombroso si no fuese porque ya antes numerosos líderes un pelín totalitarios -todo hay que decirlo, con perdón- se obsesionaron con una prensa acrítica con el poder. Ya podían crear una Concejalía de la Información que al menos minimizara sus disgustos. No es plato de buen gusto que los gobernantes dispongan de recursos para censurar a quienes no adulen al poder, pero ellos se sacrificarían para proteger el derecho a la información y la libertad de prensa. Ya se sabe que si cargan contra los medios, no es porque intenten ocultar su torpeza para resolver los problemas de la gente, es porque temen la falta de criterio de la opinión pública para interpretar la realidad. El ejemplar demócrata que llevan dentro es el que les anima a intentar silenciar a los periodistas desacreditando de antemano cualquier opinión distinta a la suya. Y ante su generoso intento de presionar a la prensa para neutralizar la crítica por nuestro bien, qué menos que dar las gracias.

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