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Alto y claro

José Antonio Carrizosa

jacarrizosa@grupojoly.com

La gran mezquita

La batalla que hay que ganar en la guerra que ha declarado el fanatismo a la civilización se libra en internet

Los terroristas de Barcelona y Cambrils fueron sometidos a un sádico lavado de cerebro por un imán fanatizado y demente en un oscura mezquita de Ripoll que la policía catalana, de la que tantas cosas buenas se han dicho estos días -vaya usted a saber por qué-, no controló como debía. El ministro del Interior marroquí se lo dijo muy claro a Zoido el martes en Rabat: los fallos en la información de lo que se cuece en esos centros de adoctrinamiento son una bomba de relojería que termina explotando. También lo decía el fin de semana un responsable de la comunidad islámica en Andalucía: los hijos de los inmigrantes norteafricanos que ya han nacido en España necesitan una atención especial en el colegio y en la calle y no hacerlo es condenarnos a repetir lo que acabamos de vivir.

Tan cierto lo uno como lo otro. Pero poco se va a poder hacer si no empezamos a tomarnos en serio la gran mezquita global que cada día difunde odio y reclama sangre en internet y en las redes sociales. El imán de Ripoll y los casi adolescentes que lo secundaron no lo hubieran podido hacer si no existiera todo un sistema, organizado a través de webs y perfiles, que proclama el desprecio por la vida e instalan en mentes débiles lo mensajes que provocan la tragedia. No hay que bucear en el internet profundo ni meterse en arcanos propios de hackers. Usted o sus hijos pueden tener acceso a las mismas fuentes de radicalización que tuvieron los terroristas de Barcelona, de Niza o de París. La diferencia entre los ataques de estos últimos años y los que el 11 de septiembre de 2001 tomaron por sorpresa al mundo es que en Nueva York los terroristas tuvieron que cruzar fronteras para matar y ahora los tenemos con nosotros desde que nacen, van a nuestros colegios, reciben asistencia en nuestros centros de salud y compran en nuestros supermercados porque son tan de aquí como usted y como yo.

Controlar internet, en la medida en que ello sea posible, es la primera batalla que tenemos que ganar en la guerra que le ha declarado la intolerancia a la civilización. Sé que ponerle puertas al campo es un empeño imposible, pero si no sé hace algo para que los mensajes que incitan a la muerte dejen de propagarse con la facilidad que lo hacen ahora mismo, los atentados de Cataluña de este verano, o los de Francia o Reino Unido de los últimos meses, caerán en el olvido porque serán sepultados por otros todavía peores.

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