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Cambio de sentido

A golpes de estado

En lo importante y en lo menor, se hace más caso que nunca a las opiniones de los otros

Que nuestro sistema está basado en estados de opinión y no en estados de conocimiento es algo asumido desde Burke, que llevamos con alegre pluralidad. Para quienes nos dedicamos a observar la realidad para escribir sobre ella, resulta divertido ver las corrientes de opinión, su prescripción, las modas, las estratagemas populistas. La batalla por influir en el estado de opinión es muy vieja y se ha ido perfeccionando -volviéndose más perversa, de paso- desde los fascismos históricos hasta nuestros días. Más de un periodista actual soportó en sus años de facultad mis clases sobre esta materia. La opinión es una libertad conquistada, pero a su vez puede llegar a ser un perfecto mecanismo de control y ahogamiento de la libertad personal, una auténtica fuente de desdicha, principalmente "cuando el entorno es estúpido, lleno de prejuicios o cruel", escribió Beltrand Russel. Y puso un ejemplo: "Las hermanas Brönte nunca conocieron a nadie que congeniara con ellas hasta después de publicar libros. (…) Este aislamiento provoca un enorme gasto de energía en la innecesaria tarea de mantener la independencia mental frente a un entorno hostil".

Lo que sucede ahora es que la presión y tensión de las opiniones se han extremado y amplificado. Para empezar, el derecho a opinar parece haberse convertido en una obligación. Si sucede alto relevante, o si muere alguien destacado, hay quienes se sienten obligados a opinar sobre el asunto o a subir a las redes una foto del muerto. Para continuar, no pocos opinan estrictamente lo que le dicta su lado necio y oscuro. Si la envidia corroe, el comentario será públicamente dañino y maledicente; si la noticia enfada, gritarán en mayúsculas, si enternece, sumarán corazoncitos. La palabra, capaz de armar argumentos y relatos, se sustituye por likes y emoticonos. Las opiniones infundadas que antaño soportaba como mucho la pareja del opinante o Antonio el del bar, ahora reverberan en un patio cibernético. Según puedo advertir en las tendencias que Twitter escoge para mí, el algoritmo no sólo selecciona hashtags de aquello con lo que puedo estar de acuerdo, sino sobre todo de aquello que aborrezco. En lo importante y en lo menor, se hace más caso que nunca a las opiniones de los otros. Hay quienes saben sacar rédito a esto, como opinadores-depredadores y como controvertidos de mentirijilla. Para vivir con libertad y felicidad, nada mejor que practicar la higiene opinativa. Y una mijita de indiferencia.

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