crónicas URBANAS

José Antonio Hidalgo

Un giro pensando Cádiz

La realidad. La ciudad tiene demasiados problemas para perder el tiempo en campañas a través de las redes sociales. Hay que apostar por el diálogo para sacar a la ciudad de su deriva

E L desempleo subió en la ciudad de Cádiz a lo largo del pasado mes de marzo. Hay más de 16.000 vecinos sin trabajo. Se siguen produciendo desahucios mientras ninguna administración pone en marcha nuevas operaciones de rehabilitación o de construcción de viviendas de nueva planta. Proyectos urbanísticos de calado, dependientes de varias instituciones públicas, siguen paralizados. Una parte de nuestro patrimonio mobiliario corre el peligro de perderse por la desidia pública y privada. El comercio tradicional aguanta gracias a los héroes que están al frente del mismo pero no por el apoyo político. La Zona Franca sigue siendo incapaz de sacar adelante operaciones tan esenciales para nuestra ciudad como son la reordenación de su polígono exterior o la llegada de empresas a los terrenos de Altadis. Proyectos centrados en el turismo y la ciudad del ocio siguen sin poder ponerse en marcha por la burocracia pública, con el riesgo de la pérdida de inversiones millonarias privadas. El muelle sigue medio vacío y el astillero necesita un plan de reactivación que no acaba de llegar, con el silencio vergonzoso de algún partido político.

Resulta inimaginable tal cantidad de problemas, tal cantidad de cuestiones pendientes en una ciudad que apenas abarca 13,3 kilómetros cuadrados de extensión. Llevamos años, décadas, lamentándonos de nuestro sino, poniendo sobre la mesa modelos de ciudad, creando mesas, planes, mareas y movimientos varios para solucionar nuestros déficit cuando, al final, la solución es evidente, pero las ganas o la capacidad para ponerla en marcha se ha diluido entre tanta protesta e incompetencia generalizada.

Recuerdo esa tarde de un sábado de junio del pasado año cuando el nuevo alcalde de la ciudad blandió el bastón de mando de la ciudad desde el balcón del Ayuntamiento. Con una plaza de San Juan de Dios tan llena de gente como no se había visto nunca desde el retorno de la democracia municipal.

Más allá del habitual grupo de energúmenos que hay por todas partes y que se dedicó a insultar a quienes habían perdido el gobierno (a pesar de haber ganado las elecciones), la gran mayoría de quienes allí se dieron cita tenían, creo, un deseo en común: que la ciudad mejorase. Que se diesen los pasos necesarios para que el paro, la falta de vivienda, la crisis del comercio, del muelle, de los astilleros, comenzasen, al menos, a solucionarse. Pensaba la mayoría, creo, que era esencial unir esfuerzos, tras años de ir unos y otros cada uno por su lado. Porque Cádiz ya había perdido demasiados trenes y existía un riesgo real de una fractura de la sociedad que se llevase por delante a la propia ciudad.

Han pasado nueve meses desde entonces. Tiempo más que suficiente para poner en marcha proyectos. No para solucionar problemas que no se arreglan de un día para otro, pero sí para poner las bases para conseguirlo. ¿Se ha conseguido?

Entiendo que es imposible aportar una respuesta objetiva. Y que en esta ciudad colapsada por una herencia de 250 millones de euros de deuda es muy complicado sacar algo de provecho. Pero quienes de verdad sientan algo Cádiz, quienes sean capaces de dejar a un lado su ideología, sus filias y sus fobias, deberían de hacer una reflexión sobre lo que está pasando en esta pequeña capital de provincias o sobre lo que no está pasando tras nueve meses de gobierno.

Dejando pendiente un análisis más extenso de la gestión del gobierno local, pues en tres meses ya habremos cubierto el primer cuarto de su mandato, cabe hoy lamentarse cómo ese entusiasmo ciudadano, esa idea expuesta por el nuevo alcalde de trabajar por y para todos, ese pensar antes en la ciudad que en los intereses partidarios, se ha diluido en el tiempo.

Lejos de buscar intereses comunes, el gobierno local, o quienes le apoyan desde unas siglas partidistas, ha entrado en las últimas semanas en una dinámica en la que malgasta su tiempo buscando fantasmas del pasado. Como si de un contubernio con acento gaditano se tratara ha diseñado en su imaginario un listado de colectivos ciudadanos, públicos y privados, a los que responsabilizar de los males que les agobia y de las dificultades que tienen para sacar adelante su presunto modelo de ciudad.

Nadie debe quedar libre de las críticas. Desde las administraciones, sobre todo éstas que son las elegidas por los votantes, a las empresas privadas (entre ellas los medios de comunicación) o los propios ciudadanos de a pie. Todos deben, debemos, asumir que nuestra labor diaria puede y debe ser objeto de análisis en positivo o en negativo. Pero esta crítica se desacredita a si misma si se nutre fundamentalmente de falsedades. Al fin y al cabo, el objetivo de esta peculiar campaña lanzada por Podemos, el partido del alcalde, a través de las redes sociales ha sido trasladar a una parte de la opinión pública, la que consume este tipo de lenguaje, un mensaje con un claro componente político y sectario que, en el fondo, busca despistar de la verdadera realidad de la ciudad. Como cuando en la dictadura franquista, cada 1 de mayo se emitía por televisión un partido relevante de fútbol para evitar que los trabajadores se fuesen a la calle a reclamar sus derechos. Es, simplemente, ocultar los problemas que nos aquejan.

Si el gobierno local hiciesemás autocrítica de la que dicen tener, esa que exigen a los demás, debería de tener claro que lo fundamental sería retroceder en el tiempo y volver a ese 13 de junio de 2015, a esa plaza de San Juan de Dios repleta de ciudadanos, y que volviese a empezar dejando a un lado su sectarismo. Creo que hay una amplia mayoría de ciudadanos que quieren, queremos, que salgan adelante proyectos de renovación. En poco ayuda un sectarismo que debería de transformarse, en un giro de 180 grados, en una llamada al diálogo y a la puesta en común de proyectos que, en una situación social y económica muy delicada de la que no tiene culpa este joven gobierno, ayuden a sacarnos del pozo en el que vivimos.

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