Gafas de cerca

Tacho Rufino

jirufino@grupojoly.com

La gente, cómo es

Somos adictos a las generalizaciones, por pereza y por comodidad

Los plurales son un refugio cuando los argumentos son perezosos. "Nos están engañando, nos pastorean como a ovejas y nos dominan", te dicen sin decir quiénes son ellos, los malos entre la bruma. Es bastante habitual esta actitud. "La gente es que es así, cómo es la gente", soltamos con una certeza basada en nada, como si "la gente" fuera una sola, y toda ella igual. "No hay quién os entienda, os ponéis enrevesados", dejando caer -el pluralista- que todo lo que otra persona dice o escribe sobre algo debiera adaptarse a su ocasional interés, a su nivel de concentración o a su mera voluntad de entender. Somos vecinos de un Barrio Sésamo intelectual: sota, caballo y rey... o vaya usted al carajo. "¿Por qué utilizáis esas palabras tan raras, ¿no podéis decir las cosas más fácilmente?", te espetará alguien en la barra de una cafetería, con aire irritado: puede que nunca haya leído lo que escriben esos raritos. Los rusos, los curas, los madridistas, las mujeres, los moros, los de pueblo, los turistas: cualquier cosa será objeto de categoría, normalmente para descalificar o adorar, soltar la gran verdad de marras, y quedarse más ancho que largo. Cabe apostar a que se trata de inseguridad, y por supuesto de vaguería en el juicio, por no mencionar la descortesía. Pero qué a gusto se queda quien pone su huevo haciendo una misma cosa de los que son muchos y por fuerza diversos.

Con todo, podemos conjeturar que existen situaciones en los que la generalización y el plural totalizante tienen mayor sentido. Los fans de Elvis, los moteros customizados, los armaos de la Macarena, los habitantes del Albaicín, los chirigoteros o los de la Hermandad Matriz de Almonte comparten rasgos y actitudes motu proprio, porque comparten historia, creencias, amores, estética, mitos y leyendas. Elevando el foco, las religiones estandarizan a sus creyentes, distinguiéndolos de fieles de otros credos, también rasados por un corte común al que se unen o se ven obligados a asumir, sobre todo en los tiempos en que la religión era una forma de control social y hasta el verdadero gobierno público (todavía hoy lo es en muchos territorios del mundo). Ya vemos: "A la gente no gusta que uno tenga su propia fe" -lo escribió George Brassens en La mala reputación-, y eso va parejo a una vocación gregaria y no poco atávica que nos cohesiona para bien o para mal. "Todos te apuntan con el dedo... menos los mancos, ¡estaría bueno!". Y la propia crítica -"todos"-, a la postre, lleva dentro el vicio de la generalización. No hay remedio.

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