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Yo te digo mi verdad

La gente y los kamikazes

No estamos ante la peor crisis posible. Por ejemplo, las últimas generaciones no hemos conocido una guerra

Ha quedado claro, y hoy lo estará más aún, que la prioridad de la gente, en este momento de la pandemia, es salir a la calle, pero respetando en su inmensa mayoría los dictámenes del Gobierno sobre horarios, acividades y tramos de edad: todas esas fronteras existenciales impensables hace sólo dos meses y que esa mayoría ha asumido casi con naturalidad. No estamos ante la peor crisis posible. Por ejemplo, las últimas generaciones no hemos conocido una guerra. Eso sí que es un desastre con todas las letras.

Así que esas son las prioridades de los españoles en este momento: dar un paseo sin rumbo; salir a comprar con una cierta normalidad; visitar a los familiares, desterrar a la madre telemática y abrazar a la real; reunirse con amigos, saborear el café o las cervezas de los bares; olvidar las series por unos días y asombrarse ante la inmensa fábrica de sueños de la pantalla grande; recuperar el sudor de la frente y por lo tanto la manera de ganarse el pan; volver a levantar la baraja, sea metafórica o no, de sus negocios; levantar castillos, imaginados o no; confinar el móvil en el rincón de lo estrictamente necesario y volver a comunicarnos con el inabarcable repertorio de palabras, gestos, miradas, caricias y besos, amagos, intenciones y culminaciones con el que la naturaleza nos ha dotado y que los humanos nos hemos afanado en agrandar desde que estamos como tales sobre esta superficie física llamada Tierra.

Frente a esta oceánica gama de posibilidades que se nos abre a la vez que la puerta de casa, y entre las que nos ilusionamos por elegir, ¿cuál es sin embargo la prioridad de ciertos personajes políticos a los que no hace falta nombrar? La estamos viendo: que el Gobierno no quede bien de ninguna de las maneras, que no quede bien si decreta la alarma ni si la levanta; que no salga airoso cuando se equivoca ni cuando rectifica. Si la gente teme sobre todo al virus, el político tiene pavor a que su contrario sea el que lo derrota y, claro, se apunte la victoria. Son capaces de atribuir al rival sus propios y genuinos errores.

No era necesario, pero apuntemos aquí un solo nombre: Díaz Ayuso, una kamikaze de una pieza, a la que no entiendo cómo no han machacado en sus análisis los indignados que pontifican todos los días con sus opiniones, y que, sin embargo y atendiendo a precedentes como el Esperanza Aguirre, quizá gobierne (es una forma de llamarlo) durante años.

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