A estas horas no sabemos quién ha ganado las elecciones de ayer en Estados Unidos, pero gane quien gane, hay una cosa clara: el país está dividido en dos mitades que se odian y se desprecian y que parecen incapaces de convivir en el mismo espacio político (algo muy parecido a lo que ocurre en España, por cierto). Y encima, el coronavirus lo ha complicado todo, y más aún en un país que no tiene una eficiente sanidad pública y en el que millones de ciudadanos viven sin seguro médico y a merced de la caridad de sus vecinos.

Y por si esto fuera poco, las recientes movilizaciones de los activistas de Black Lives Matter contra la violencia policial han metido el miedo en el cuerpo a los blancos más pobres que viven en las zonas rurales y que en circunstancias normales ni siquiera se toman la molestia de ir a votar (igual que muchos afroamericanos, por otra parte). Y a su vez, los estudiantes y los homosexuales y las minorías y los ciudadanos de clase media con ideas liberales ven con horror cómo las milicias armadas de extrema derecha se han movilizado a favor de Trump. Todo el mundo teme al adversario y todo el mundo tiende a magnificar las consecuencias de la derrota de los suyos. Los demócratas más avanzados creen que Trump es un demagogo fascista que destruirá el Estado de Derecho e instaurará una dictadura teocrática en alianza con los cristianos evangélicos. Y los votantes de Trump -los blancos de clase media y baja que viven en el Medio Oeste y en las zonas rurales- temen que una victoria demócrata abra la puerta a una especie de dictadura comunista en manos de negros y musulmanes e inmigrantes ilegales. Los dos temores son un simple delirio alimentado por toda clase de teorías conspirativas y por las informaciones tendenciosas de la prensa, que se ha convertido en un órgano de agit-prop al servicio de su partido, ya sea demócrata o republicano. Toda la campaña se funda en el miedo y en las mentiras, pero los delirios políticos se han apoderado de la vida pública de EEUU -igual que en España, por otra parte- y eso ya no tiene ningún remedio. Ahora bien, en tiempos de delirio -y esto es una simple intuición mía-, el político más delirante y que usa un vocabulario más agresivo -y más despectivo y más injurioso y más humillante para sus adversarios- es el que tiene más posibilidades de ganar. Sí, sí, estoy hablando de Trump.

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