Enrique García- Agulló y Orduña

Un gaditano de ida y vuelta

ME pide el Diario unas líneas con ocasión de la triste noticia que a tantos nos ha conmovido por un amigo que se ha ido, que ya ha pasado el umbral que separa la vida de la muerte. Y es difícil escribir algo casi a volapié cuando la noticia, además de triste, se nos ha manifestado inesperada y cuando, ante tamaña fatalidad, parece como si quisiera uno guardar más el recuerdo que compartirlo. Pero, bueno, al final ayuda ese afán de hablar del que se ha ido como si en ese trazado de las letras que una a otra se siguen en la memoria, pudiera prolongar unos instantes más su estancia entre nosotros, y a eso me encomendaré.José Pedro Pérez-Llorca ha sido un buen gaditano, tan bueno que ha sido genuinamente un claro ejemplo de eso que tanto nos gusta hablar a los gaditanos, “de ida y vuelta”, como los buenos caldos, como los viejos palos del flamenco ancestral. Un joven gaditano que dejó la ciudad para cursar sus estudios de Derecho y que, de inmediato, como quien dice, ganara ya brillantemente sus oposiciones al Cuerpo Diplomático y al Cuerpo de Letrados de Las Cortes, que le mantuvieron atado todos estos años en la Capital del Reino. Pero ha sido un gaditano de ida y vuelta porque fue y porque volvió, porque su espíritu gaditano, su ADN de la Alameda, le traía a nuestra ciudad prácticamente cada quince días y tantas aquellas veces cuando algo o alguien así se lo interesaba.

Hijo Predilecto de la Ciudad, Académico de Número de la Real Academia Hispano Americana, Académico de la Real Academia de Bellas Artes de Cádiz, Jurado de los Premios de la Fundación Centro de Estudios Constitucionales 1812, del Premio Libertad Cortes de Cádiz o de los de este Grupo Joly, Presidente del Consejo Asesor del Casino Gaditano, Alumno Ejemplar de la Asociación de Antiguos Alumnos del Colegio de San Felipe Neri y tantas otras encomiendas y distinciones más han ido elaborando en todos estos años de su vuelta una cadena de eslabones, cual rosario de cuentas, que le han amarrado a su casa de Cádiz, a su vieja casa renovada de la Alameda y a ese tren Alvia que, cada dos semanas, cuando menos, le traía a Cádiz desde Madrid.

Yo agradeceré siempre la amistad que me deparó, así como el honor con el que me distinguió al querer contestar él mismo mi discurso de ingreso en la Hispano Americana, pero muy especialmente, de manera singular, la suerte y la fortuna de haber podido compartir con mi mujer, con la suya y con él tantos fines de semana haciéndome receptor de su fino humor gaditano, de sus amplios conocimientos, de su exquisita sencillez y cortesía o de su bondad para cuantas cosas se le planteaban de parte de los gaditanos.La ciudad puede estar contenta con este Hijo Predilecto que tanto hizo por ella cuantas veces se le pedía algo que en su mano estuviera conseguir. Hasta traerse a Cádiz los cuadros del Prado para que los gaditanos pudiéramos verlos sin tener que coger el tren. Como que también, allá donde estuviere, hablara de Cádiz y por Cádiz hablara. Créanme si les digo que tenía sed y hambre de Cádiz, hambre atrasada que quería saciar en un instante, que quería saber todo de Cádiz, lo que hubo, lo que cambió y lo que conoció. Que gozaba viendo salir al Nazareno desde dentro del Convento el Jueves Santo o que nuestros encuentros quincenales se convirtiesen en un sumario de cosas de Cádiz, de las de ayer y de las de ahora, que necesitaban de inmediata respuesta, que gozaba recordando viejas cosas o indagando recorridos vitales de sus antiguos compañeros de colegio.

Yo voy a echar mucho de menos esos encuentros así como sus llamadas telefónicas de cualquier día interesándose por Cádiz, su gente y sus cosas, porque no paraba en querer saber qué estaba pasando cada día y qué nos podía pasar. No le bastaba ni la prensa normal ni la digital, necesitaba Cádiz a cada instante, porque José Pedro Pérez-Llorca y Rodrigo, además de haber sido un español ejemplar, ha sido un buen gaditano de ida y vuelta.

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