Uno de los autores de la Constitución que tanto bien ha traído a España, la de 1978, tenía que ser un gaditano fino. El trabajo requería delicadeza, habilidad, saber entender al contrario y ser capaz de convencer. Además, había que conocer muy bien la historia de España de los siglos XIX y XX, y tener el objetivo claro de que la norma fundamental lo fuera para todos, ganara quien ganara, perdiera quién perdiera.El objetivo lo había señalado el Rey Juan Carlos y el presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, se lo encarecía a los diputados en el Congreso, pero requería ponerse manos a la obra. Y eso es lo que hizo José Pedro Pérez-Llorca cuyo bagaje jurídico y cultural, así como su calidad humana, le permitirían redactar un texto que alcanzaría el refrendo mayoritario de los españoles.La transición española del régimen anterior, la dictadura, al estado democrático y de derecho que hoy tenemos fue una obra de mentes lúcidas y generosas. No fue olvido alguno del pasado ni “pasar página”, como algunos, poco documentados, han dicho, sino todo lo contrario. Supuso saber bien lo que no debía repetirse y cómo alcanzar un acuerdo tal que nos llevara por una senda distinta, por la que hemos transcurrido década tras década y que no deberíamos abandonar.José Pedro Pérez-Llorca fue muchas más cosas en la vida; fue ejemplo de persona que ambiciona el saber y el conocimiento, cosa que, de manera natural y sencilla, lo demuestra en sus análisis, en sus comentarios, en sus escritos, incluso en sus bromas y en las historias que cuenta de sus compatriotas y de su ciudad, Cádiz. Yo he tenido la suerte de contar con su amistad desde tiempo atrás. Fue él quién me propuso para formar parte, como diputada, de la Mesa del Congreso en 1979 en la primera legislatura; fue él quién me asesoró ante complejas decisiones que tomar en el Ministerio de Cultura cuando yo era la ministra, y ha sido él a quien he escuchado una fundamentada preocupación por los derechos que hoy se vulneran en Cataluña. Sus años de vida pública no podían haber acabado con una responsabilidad más bella: la presidencia del Patronato del Museo Nacional del Prado. Muy posiblemente en su deambular por las salas del museo se habrá fijado en un cuadro con un gran cielo azul donde, llegado el momento, recogerse. Así se lo deseo porque se merece descansar en la paz.

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