Carta desde Manila

Carlos Juan

festival manga ancha

NO es que el encuentro de los pocos que desde allí miran hacia estas latitudes de extremo oriente solo para divertirse y sin el más mínimo sentido del ridículo haya abierto una subsede en la calle Ancha. Es, más bien, que el verdadero festival manga ha quedado al descubierto. El síndrome del imperativo del verbo mangar, el acné de juventud que tan en silencio como las hemorroides sufrió una parte de los clientes del desaparecido almacén hispano Simago, el mangue yo-manga tú-mangue él-manguemos nosotros-la manga de Villaluenga del Rosario, etc. ha quedado con las cartas boca arriba. Gana la banca y ojalá perdieran las ideologías porque eso implicaría que al menos en algún momento han existido. Como ocurre con los Reyes Magos -aunque sean de Oriente- Joaquín Sabina me desengañó el día que compuso "el blues de lo que pasa es mi escalera" y contó la historia de una vecina a la que le había divorciado de la utopía un talón de seis ceros que le había firmado un diputado. Como diría mi vecino de página, Fernando Santiago, periodismo cantado. Periodismo profetizado, oiga. Que la canción tiene veinte añitos.

Porque divorciados de la utopía -¿y qué es eso de la utopía? ¿se come a diario de la utopía?- estaban los miembros de todos los partidos políticos y sindicatos con una máquina de hacer dinero de ocho centímetros y medio por cinco y medio. Nombres hoy apestados en sus siglas y organizaciones aunque imagino que, en su día y durante sus años, fueran "Don" y "Doña" dentro de ellas. Que además, ¡vaya casualidad!, fueron en junio de 2012 reluctantes a llevar a los tribunales una querella por estafa contra los miembros del consejo de administración de Bankia. Querella que al final presentó UpyD.

Algunos corresponsales colegas llevarán en su escaparate de papel el producto "es-que-los-míos-han-robado-menos-que-los-que-no-son-de-los-míos" para que usted, lector, lo compre. Yo, en el mío, le oferto esta reflexión: cuando el dinero o tu jefe entran por la puerta, la ética desaparece a la misma velocidad que las críticas y murmuraciones hacia él; la utopía pasa a ser una demencia de juventud.

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