Al punto

Juan Ojeda

La factura luminosa

LO de las facturas sombra es un espléndido invento. Ya saben ustedes, son esas facturas, que no hay que pagar, y que recibirán los pacientes que se han dado de alta en los hospitales públicos -pasa lo mismo en los privados, pero ahí sí hay que pagar- para que sepan lo que ha costado su tratamiento o intervención. Y no es por ser macabros, pero se imagina uno que dicha facturita no se entregará a los familiares de quienes pasen a mejor vida en esos hospitales. Sería una pasada.

Elucubraciones aparte, decía que lo de las facturitas está bien pensado, porque así todos seremos conscientes de lo que vale nuestra salud. Porque ahora llega uno a un hospital y lo operan de una hernia o le quitan un riñón, y se va uno tan contento sin saber lo que eso ha costado. Y a lo peor, como no se entera de lo que vale, pues no le importa repetir, y tampoco es eso. O sea, que esto hay que interpretarlo como una llamada a la responsabilidad sanitaria porque, sabiendo que curarnos vale una pasta, a lo mejor vamos con más cuidado. Pues eso.

Tan bueno es este invento que uno se imagina que no va a quedar reducido a la sanidad pública, o mejor dicho, a la salud privada tratada por el sistema público. Porque igual que nos enteramos de lo que cuesta operarnos de cataratas, podríamos también saber lo que cuesta cualquier otro servicio público que utilicemos. Por ejemplo, si denunciamos que hemos sido víctimas de un robo, cuando la Policía haya acabado su trabajo, con éxito o no, también nos podría pasar la factura sombra, en la que se nos detalle el precio de la investigación. O cuando circulamos por una carretera o autopista sin peaje, también nos podrían detallar en una facturita el precio del trayecto que hemos realizado. Y por supuesto, a los alumnos del sistema público, o concertado, de enseñanza, al final del curso, junto con las notas, les podrían comunicar lo que ha costado su asistencia a clase. A lo mejor alguno se arrepentía de las horas desperdiciadas.

O sea, que estaría bien que hubiese facturitas para todo y para todos. Lo que pasa es que uno se atrevería a sugerir que le cambiasen el nombre, y les llamasen facturas luminosas, porque, gracias a ellas, nuestra existencia gozaría de mucha más luz y con este invento, que nos permitiría el conocimiento del coste total de nuestra vida, saldríamos de las tinieblas de la ignorancia económica. Sabedores de lo que costamos, a lo mejor, cuando llegase el trágico momento de pagar nuestros impuestos, nos daríamos cuenta que hemos consumido más de lo que hemos pagado. Eso sería un alivio y nos sentiríamos mucho más listos que el sistema. Y todo gracias a las facturas luminosas.

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