Aquí y ahora todo el mundo habla y escribe sobre el jalogüín. Y lo hace más bien para mal que para bien. Por eso hoy no quería referirme a este invento, de tan mal gusto y hasta aberrante. Pero bueno, esto es lo que hay. Y lo voy a hacer porque me extraña que siendo esta desmemoriada Isla, que tanto es y sabe por excelencia y disfrute de Semana Santa, de pregones celestiales o de capirotes que apuntan a la gloria, sea una de las ciudades de esta provincia donde más se celebre este desmesurado jalogüismo. Y, precisamente, fue el otro día cuando nuestro colega y magnífico periodista isleño, M. Muñoz Fossati, aquí, en este divino Diario, comentaba desde su Azotea esta extrañeza de la que hablo, mi embrujado lector, pues se sorprendía cómo era posible que así ocurriera en esta Isla tan santa. Teniendo en cuenta además que al obispo Zornoza todo esto no le gusta nada. Su delegado episcopal nos hablaba de ese mundo del ocultismo que se le otorga al 31 de octubre, llegando a calificarlo como "el día mágico del año, la víspera del año nuevo esotérico, la fiesta anual más importante para los seguidores de Satanás". Más claro imposible.

Un pueblo en el que nacimos, nos criamos y, sobre todo, paseamos. Por aquella calle Real, hoy destrozada y marchita, en aquellos años mágicos para mí y para tantos que en la actualidad tantas cosas echamos de menos. Una Isla de contrastes. Un pueblo al que le da lo mismo votar a la izquierda o a la derecha; al andalucismo o a los que dicen "que pueden". Un Ayuntamiento que hoy es rojo, que ayer fue azul, aunque siempre servido por ese extinto y transparente peá -incoloro como el agua o descolorido-, y dispuesto a lo que sea.

Y así nos va. Y lo que queda, mi disfrazado lector. Sin embargo, pienso que a esta moda de la que hoy nos ocupamos, y teniendo en cuenta esa afición sorprendente que hay en La Isla, se le debería sacar algunas ventajas. Sobre todo para los más jóvenes, pues parece que son los más aficionados a esto de la muerte, al diablo, la sangre, los colmillos y otras greñas. Por eso, no estaría de más que, por parte de los colegios y con el apoyo municipal, se comience a educar a estos niños en la vida y en la muerte. Con excursiones o rutas programadas por el cementerio o por otros más lejanos, para que aprendan, se desamericanicen y conozcan la verdadera realidad, sin traumas ni otros inventos. Que vean de cerca lo que quieren imitar con sus coloridos disfraces. Además de ampliar sus escasos conocimientos literarios con recitales y lecturas de aquellos poemas que atesoramos en nuestra literatura donde la muerte es protagonista.

Esperando que estas ideas lleguen a buen puerto, confiando en el buen sentido de nuestra flamante alcaldesa -tan inteligente cuando fue alumna- y en el buen hacer de los colegios isleños, nuestros niños y más de un maestro aprendan el verdadero sentido de la muerte. No el rebuznado cachondeo con el que en la actualidad lo festejan. Aunque también me extraña.

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