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Sobre éxito

Del fracaso conviene no perder de vista dos cosas: su insignificancia y su importancia

Por una ley no escrita, escribo un artículo tras cada libro nuevo de Ramón Eder, el gran aforista. Acaba de publicar El oráculo irónico. Pensé que encontraría, como de costumbre, un texto mínimo que funcionase como semilla que plantar aquí, para que, glosándolo o regándolo, floreciese en columna. Sin embargo, esta vez, más que un aforismo, me han llamado la atención varios, que forman un ensayo por entregas. El tema, muy de ahora, es el éxito, ya sea propio o ajeno o inexistente.

La valoración del éxito de Eder es bastante irónica, un sí pero no y viceversa: "Los premios le pueden venir muy bien a un escritor para que le respete su propia familia". Algo paralelo ocurre a los escritores de derechas: los lectores de derechas los respetan sólo y cuando los de izquierdas los valoren. Si no, no hay mucho que hacer. Eder insiste en su tono: "Más vale un premio en vida que dos póstumos". Así hay que tratar a los premios: ni desdeñarlos ni rebuscarlos. Manejándolos siempre con sumo cuidado: "El éxito idiotiza ligeramente incluso al que se lo merece".

La segunda parte de su ensayo fragmentario versa sobre el éxito ajeno. Eder no es partidario de la envidia: "Cuando le dan un premio importante a un amigo hay que alegrarse aunque solo sea porque nos beneficia". En el fondo: "La falta de generosidad indica poca inteligencia".

Nos viene bien esta advertencia, porque nos ronda el fracaso, que nos sigue los pasos pegado y creciente como una sombra. El éxito cercano podría parecer que nos empequeñece más, aunque, en realidad, nos auxilia. Del fracaso conviene no perder de vista dos cosas: su insignificancia y su importancia. Lo primero, por la relatividad. Lean qué nobleza de aforismo de Eder, que también es dibujante: "La vida es injusta: yo he vendido más dibujos que Van Gogh". El fracaso importa, más que nada, porque es, relativo y todo, un maestro absoluto: "Para aprender ciertas cosas bien es imprescindible equivocarse primero de forma inolvidable".

Si le ha pasado por la cabeza, perspicaz lector, la sospecha de una dosis excesiva de egocentrismo y autocompasión, deséchela. Dar tanta relevancia al éxito social, económico o deportivo, por encima de la ética y de la estética, es uno de los peores males de nuestro tiempo. Ramón Eder, a lo corto, lo sabe bien, y advierte: "Una sociedad que sólo valora el éxito es una sociedad condenada al fracaso". Morir de éxito, qué ironía.

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