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Antonio Porras Nadales

El ‘espíritu’ de la Transición

Suele entenderse, en el discurso más moderno y progresista, que hablar del espíritu en asuntos de política constituye una suerte de regresión más o menos arcaica y conservadora. Una forma torpe y vana de invocar valores inconcretos del pasado, de manejar argumentos vagos perfectamente polvorientos y desfasados. Paradójicamente, sucede aquí en España a la inversa de como se percibe el asunto en otros países o democracias históricamente más consolidadas, donde los elementos inmateriales y puramente valorativos se consideran como el bien más preciado, en términos de pertenencia y de integración colectiva.

Renunciar a entender y valorar el espíritu de una Constitución supone pues situarse en un plano histórico limitado o de cortos vuelos, es decir, en un entorno inmediato de simples sumas y restas, de cálculos egoístas y racionales, entendidos desde una visión de tipo coste/beneficio donde, al final, el antes y el después se pueden acabar reelaborando artificiosamente al servicio de intereses coyunturales y concretos. Frente al riesgo de un manoseo reiterado de la historia, el espíritu de una Constitución trata de reflejar en cambio, algo distinto: una especie de momento fundacional donde, a modo del mítico contrato social del que hablaban los clásicos, los seres humanos nos ubicamos en una dimensión trascendente y atemporal, expresando un compromiso irreversible de convivencia pacífica que se proyecta de forma indefinida hacia el futuro. Invocar el espíritu de una Constitución significa algo así como sobrevolar por encima de la historia y de las coyunturas, para tratar se asentar unos valores perennes de libre y pacífica convivencia. Unos valores universales destinados a sobrevivir más allá del tiempo.

Se trata de una especie de aprendizaje colectivo bastante elemental al que seguramente los españoles, cuando acabamos de celebrar el cuarenta aniversario de la Constitución, deberíamos prestar mayor atención. Sobre todo cuando los testigos directos de ese momento fundacional están ya desapareciendo. La muerte de Pérez-Llorca constituye una buena ocasión para reactualizar esta dimensión espiritual, tan preciosa en toda Constitución, que debe proyectarse más allá de la pura circunstancia personal de quienes tuvieron en sus manos la responsabilidad directa de redactar el texto articulado. Empeñarnos ahora en detectar si durante ese proceso constituyente se encajaron mejor o peor ciertas piezas del engranaje institucional, si unos perdieron o ganaron, si hubo más sumas que restas o a la inversa, constituye seguramente una tarea excesiva que acaso convendría dejar en manos de historiadores o de especialistas.Como ciudadanos, lo que no deberíamos es olvidar el espíritu de aquel momento fundacional, cuando muchos tuvieron que apretar los dientes en aras de una nueva etapa histórica que se estaba inaugurando. Y no olvidemos que, seguramente, quienes más tuvieron que apretar los dientes fueron los propios comunistas, tradicionales e históricos enemigos de la patria. Aquel sacrificio monumental que muchos hicieron, desde distintas perspectivas políticas o ideológicas, no puede valorarse ahora siguiendo el enfoque de un reduccionismo egoísta, o de cálculos de tipo coste/beneficio. Por el contrario, el sentido de ese momento constituyente que solemos expresar tras la noción del espíritu de la transición, constituye un hito trascendente que se proyecta más allá de la historia, para tratar de reflejar una voluntad de superación del guerracivilismo por siempre jamás. Porque éste es el más auténtico y genuino significado de toda Constitución: dejar atrás para siempre todo atisbo de guerra civil, sin que ello signifique renunciar a la existencia de conflictos y tensiones, de diferencias sociales o ideológicas, sino simplemente que todas esas tensiones tendrán un marco de encauzamiento que debe impedir la degeneración hacia una guerra civil.Se trata de una dimensión inmaterial o espiritual que, paradójicamente, debería ser más intensa en aquellos países donde, como en España, hemos vivido una auténtica guerra civil. Porque nuestra necesidad de aprendizaje colectivo seguramente es más urgente que la de otros países donde no se han visto enfrentados a un conflicto interno de tal naturaleza. Desde esta perspectiva, remitirse a una dimensión espiritual significa algo así como tratar de colocarse por encima de la historia. Y al cabalgar por encima de la historia, estaríamos reforzando día a día la vigencia de aquel espíritu de conciliación colectiva al que pretendimos atribuir un carácter irreversible y de dimensión intemporal. Que nunca más resuciten los fantasmas de la guerra civil.

Y que el recuerdo de quienes participaron directamente en aquellos momentos de transición constituyente, nos sirva precisamente para hacer más intensa la dimensión constructiva e integradora de aquel espíritu de la transición que nunca debería desaparecer de nuestra memoria colectiva. Que la memoria de quienes ahora se marchan nos sirva para poder invocar al mismo tiempo la dimensión espiritual de lo que, al final, resultó ser lo más precioso de su obra: un espíritu de reconciliación y convivencia al que llamamos normalmente como espíritu de la transición.

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