Relatos de verano

Hipólito G.Navarro

Las especies protegidas (III)

Antes de caer ve a los tipos oscuros que lo miran como a un gusano, dos de ellos encañonando a las enfermeras y otro entrando por el preso

T IENE  visualizados los montajes que llevará a cabo en el laboratorio: las escaleras de incendios llevarán en su ascenso hasta la misma cama del preso virado al amarillo sobre un fondo de rejas rotas; las chimeneas a lo lejos vomitarán humos de colores sobre un mar cubierto con miles de cajas de cartón que ya fotografió en los almacenes farmacéuticos del hospital; repetirá hasta la saturación el apunte de un bote de suero tomado desde todos los ángulos que le permita el espacio entre la pared y la cama, y en un rincón de la foto se insinuará la eutanasia en forma de pistola, la misma que ahora acaricia con una de las partes de su cuerpo más rápidas y mejor entrenadas para cualquier eventualidad. Además añadirá los resultados de la improvisación: alguna toma a escondidas del cuerpo de enfermeras, diferentes perspectivas de los carritos del desayuno, su compañero Pedro derrotado en el sillón a pesar de tanto café, los ramos de flores alineados en el pasillo esperando la luz para la fotosíntesis, y más cosas, muchas más que esperan los negativos ansiosos en su oscuridad previa al guiñotazo definitivo.

Más tarde, en ese tiempo que no saben medir los relojes, complicados procesos de reflexión y refracción tienen lugar en la ventana de la habitación 376, y así con toda seguridad habrá sucedido en la 676, en la 576, en la 476, por ese orden, hasta que la inclinación de la Tierra en su giro infinito haya destapado el rayo justo que lanza una cuchilla de luz a los ojos del preso, que están mirándolo a él desde que ha entrado para comprobar que todo está en orden, desde su mano en la culata hasta las del preso abiertas al techo, tendidas en la manta desde dos brazos conectados a los tubos que suben a los botes que cuelgan de un espantajo metálico. La cara del preso con ese rayo de luz tiene un color nuevo, más vivo, y la mirada con que lo sigue a él hasta la ventana un algo de ansiedad, de espera.

Está saliendo de la habitación para ir a por la cámara cuando se le nubla un poco la vista y tiene la desagradable sensación de un leve mareo. El sueño, la falta de tabaco, el olor a cigarrillo rubio en su casa, los bocadillos que no se ha comido, algo de eso debe influir, piensa. Pedro sigue derrotado en el sillón. Antes de coger la cámara apura en el vaso el termo de café, y con las últimas gotas caen los restos, descoloridos y gastados, de lo que una vez fueron cápsulas sin lugar a dudas. Entonces saca la pistola a la vez que zarandea a su compañero, que se desparrama definitivamente en el sillón, no sabe si dormido o algo peor. En el pasillo no hay nadie, está excesivamente vacío, y excesivamente largo; lo alarga su vista ahora, distorsionada desde que ha visto los restos de las pastillas en el termo. Empieza a comprender: el cigarrillo rubio fumado en su casa, Pilar tan fría y escondiéndole la mirada, hablando sola ¿sola? en la cocina, la sensación que tuvo de que lo seguían ayer cuando salió del hospital, Pilar tal vez amenazada, preparando el café con tanta azúcar pero no la suficiente para disimular el sabor a culebras, Pedro que tomó tanto café ahí tirado, tal vez dormido, ojalá dormido, y él ahora con este mareo, los ojos que se le cierran y dejan entrever un pasillo de arquitectura imposible, camino de pesadilla, puerta abierta como una boca negra esperando a los habitantes ausentes, a él quizás, ¿quién sabe?

Puede todavía sujetarse por las paredes y entrar en la 376, y ver como en sus fotos un montaje extraño: los rayos del sol proyectándose fuertes en las manos del preso soltando el suero, incorporándose el preso con una sonrisa de salud, mirándolo a él que vuelve a salir dando tumbos para llamar a Pedro, Pedro caído en el suelo junto a cuatro pares de zapatos negros y dos pares de esos de las enfermeras, llenos de agujeritos que lo marean más todavía; y antes de caer ve a los tipos oscuros que lo miran como a un gusano, dos de ellos encañonando a las enfermeras mientras uno entra en la 376 a por el preso sin las agujas tragadas o el mechero o lo que fuera, demasiado fuerte después de tres semanas enganchado a los botes. Luego, en un total descontrol en su cerebro, las formas dividiéndose, multiplicándose burlonas, y algunas frases oídas o imaginadas, ya no sabe: “el cochino ha tardado en caer”, “a la mujer ya la preparó éste”, “el colega lo tragó bien”; siente algunas patadas en las costillas, y enseguida la sensación de tranquilidad de estar tendido en el suelo frío como si fuese su cama, abrir los ojos y encontrarse como en el laboratorio viendo un montaje más, las piernas de una enfermera que suben y se unen en la oscuridad de la boca de un túnel por donde espera los faros del automóvil, mientras que todavía, independiente y por su cuenta y riesgo, una de las partes de su cuerpo más rápidas y mejor entrenadas intenta sacar una pistola que tiene preparada para este tipo de eventualidades precisamente, pero que ahí donde debería estar no está, se ha perdido. La encuentra al abrir los ojos de nuevo: está apuntándole delante de una cara que lo mira con esa sonrisa de asco que tenían los furtivos del documental de la televisión justo antes de apretar el gatillo y terminar con el último ronquido de la morsa.

Después entran por el pasillo las siete o las siete y cinco, por lo que en las once de la oficina estarán preguntándose si a Pilar le falló el despertador. Luego, pasado ese punto de inflexión de las horas inencontrable, las tres de él volverán a reunirse con las tres de ella en la primera noticia del telediario.

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