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Rafael / Sánchez Saus

El enorme bostezo de Europa

SE puede ser agricultor sin plantar ni sembrar? ¿Se puede ser profesor y dedicar más horas semanales a fichas e informes que al aula? ¿Se concibe un médico que destina más tiempo a cumplimentar formularios que a hablar con los enfermos? ¿Es imaginable un comerciante, un tendero, que haya de empeñar más energía en recaudar para el Estado que en atender a la clientela? ¿Podemos confiar nuestra seguridad a unos policías cuyos protocolos les impiden simplemente actuar? ¿Qué justicia se impartirá en juzgados atascados por los procedimientos, desbordados de papeles, en los que un sumario cualquiera ocupa cientos, miles de folios?

¿Es posible que un padre no pueda construir una casa modesta para su familia en mitad del campo, en su propiedad? ¿Por qué un hombre no se puede poner de acuerdo con otro para realizar un pequeño trabajo en recíproco beneficio sin que el Estado considere que tiene parte en el trato? ¿Por qué un joven ya con barbas tiene que acudir cada día a perder el tiempo y hacerlo perder a los demás a un colegio que odia? ¿Quién nos priva de elegir la educación que sabemos conveniente para nuestros hijos?

¿Qué sociedad es esta que gasta cantidades enormes para que mujeres con edades de abuela tengan hijos y hace lo posible para disuadir a las jóvenes de la maternidad?, ¿que promueve el aborto masivo y manda a la cárcel por una bofetada?, ¿que ya desconoce la diferencia entre ser vivo y ser humano, entre hombre y mujer, que pisotea todo lo que cualquier civilización ha considerado sagrado, que niega el derecho natural, que rinde culto al materialismo más ciego y abusivo, que está en trance de olvidar el simple concepto de muerte natural para suministrarnos a cada uno la que la norma vigente ordene?

Para millones de personas en todos los países europeos, estas preguntas y otras muchas que cada uno puede añadir tienen una respuesta difusa, intuitiva, vinculada a lo político, a una construcción postiza y monstruosa, a una continua diarrea legislativa, a una inquisición pertinaz sobre creencias y modos de vida, a unas instituciones prescindibles, nacidas otrora para alentar un sueño de paz y fraternidad y encalladas en una pesadilla creciente de reglamentos al servicio de una visión ideologizada, alejada de la vida, manipuladora, cobarde, vieja y cínica.

Hoy, los peces gordos de los principales partidos se mostrarán satisfechos y nos dirán que lo que quieren es seguir trabajando para nosotros, para nuestra felicidad. Pero el mensaje principal, del que no quieren saber nada, no ha sido ese. A lo largo de los siglos, y desde la época de Carlomagno, Europa ha conocido todo lo bueno y lo malo en dosis superlativas, pero ha tenido que llegar nuestro tiempo para conseguir sumirla en el hastío y la renuncia a la vida. Señores, estamos hartos y aburridos de ustedes.

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