Es probable que todos conozcamos casos de personas muy próximas que estén confinadas por haber dado positivo. Ahora mismo hay un millar de hospitalizados en toda Andalucía. La pandemia va en serio. Por fortuna parece que no tiene la misma virulencia que en la primera ola, pero ahora se están produciendo reacciones inesperadas que nadie había previsto. Una compañera de trabajo de una sobrina mía, muy joven, murió hace poco como consecuencia de un trombo cerebral provocado por el Covid. Y por lo que hemos sabido estos días, dos voluntarios que se habían sometido a las pruebas de la nueva vacuna de Oxford han contraído una extraña infección medular. Es muy probable que los investigadores de la vacuna -que la han desarrollado con una rapidez admirable- encuentren una solución, pero todos tenemos el miedo en el cuerpo. Hasta ahora, nuestra experiencia de la enfermedad era un asunto puramente individual. Aunque sabíamos que millones de personas tenían las mismas enfermedades que nosotros -la gripe, el reúma, problemas de corazón, tumores-, siempre imaginábamos que esas enfermedades sólo existían para nosotros. De repente, las cosas han cambiado: una misma enfermedad -el virus del Covid- afecta a millones de personas a la vez en todo el mundo, y todos somos conscientes de ello.

Nuestros antepasados tenían una relación mucho más familiar con la enfermedad y con la desgracia. Tanto mi padre como mi madre vieron morir a varios hermanos suyos cuando eran niños. Los padres estaban acostumbrados a que la enfermedad fuera una presencia constante en la vida de sus hijos. Pero nosotros hemos tenido la suerte de vivir una época en la que esa cercanía con la enfermedad había desaparecido. Crecimos en una sociedad que nos aseguraba salud y juventud y prosperidad (o al menos la promesa de poder alcanzarla un día). Y habíamos llegado a creer que poseíamos una especie de derecho innato a disfrutar de todas estas cosas. De ahí que ahora, al ver que estamos a punto de perder todo lo que creíamos seguro, nuestra reacción sea mucho más angustiosa y neurótica que la de cualquiera de nuestros abuelos. Ellos sabían que la vida estaba hecha de azar y de adversidad y que nada bueno podía darse por garantizado. Nosotros ya nos habíamos olvidado de estas verdades elementales. Y va a ser muy duro lo que se nos viene encima.

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