Efecto Moleskine

Ana Sofía Pérez Bustamante

Querido Alfonso

Es poco lo que sabemos de la gente y poco lo que salvamos del olvido. Alfonso Franco Silva era un historiador prestigioso, especializado en la baja Edad Media, pero lo que más recuerdo de él es su amor por la poesía y su soledad. En el primer lustro de los años 80 los profesores más jóvenes de la Facultad de Filosofía y Letras vivieron algo así como una alegre movida. No tuve yo la suerte de tenerlo de profesor, pero sí mi amiga Bea, que asistió hipnotizada a aquellas clases y sobreclases del bar de Manolo donde Alfonso se explayaba sobre la materia artúrica, Leonor de Aquitania y el amor cortés (eso, sin salir del temario). Todo lo había leído Alfonso, que tenía una curiosidad universal y en aquella época supo que “unos cuerpos son como flores”.

Alfonso se fue y al cabo del tiempo volvió ya como catedrático, pero el Cádiz donde había sido joven y feliz se había esfumado. Tengo la impresión de que nunca llegó a superar aquel desencanto, aquel profundo vacío que tradujo sus sueños en sombras escritas en el agua. Pero extraña, tercamente, más allá de sus viajes y quehaceres profesionales, él se quedó aquí: disfrutaba ejerciendo de maestro de jóvenes y también de contertulio inquisitivo, irónico, polemista, malicioso y algo ingenuo. Vivía con una madre exigente a la que adoraba y que tal vez no dejó nunca de verlo como a un niño. “Si el hombre pudiera decir lo que ama…”. Decirlo o decírselo a sí mismo. No sé si pudo hacerlo, empeñado como lo estuvo siempre en naufragar.

Recuerdo su voz pastosa por encima del pajareo del bar de la Facultad, casi gritando: “‘Sentado a su derecha me veía / como aquel que festejan al retorno./ La mano suya descansaba cerca/ Y recliné mi frente sobre ella / Con asco de mi cuerpo y de mi alma./ Así pedí en silencio, como se pide / A Dios, porque su nombre,/ Más vasto que los templos, los mares, las estrellas,/ Cabe en el desconsuelo del hombre que está solo,/ Fuerza para llevar la vida nuevamente’. ¿De quién es esto, Ana Sofía, eh?”. Eran versos del “Lázaro” de Cernuda. Hoy es domingo de resurrección. Estoy escuchando El Mesías de Haendel. Estés donde estés, querido Alfonso, tus lentos ojos seguirán viendo el sur, siempre, en mi memoria

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