LA as secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, subirá hoy al estrado del Congreso para presentar su programa de Gobierno e intentar convencer a los diputados de que lo elijan presidente. De antemano, el líder socialista sabe que su discurso nace muerto. Tanto el PP como Podemos ya han dejado claro que votarán que no a su candidatura tanto en la votación del miércoles como en la del viernes. Durante estos días de intensas negociaciones, Sánchez sólo ha conseguido un importante -pero notablemente insuficiente- pacto con Ciudadanos y la única diputada de Coalición Canaria, Ana Oramas, que apenas le da el apoyo de 131 diputados, muy lejos de los 176 que otorgan la mayoría absoluta en la Cámara.

Nadie puede reprocharle al PP que no apoye la candidatura del PSOE. Pese a que la formación de centroderecha fue la que ganó las elecciones con unos claramente insuficientes 123 escaños, Sánchez ha sido inflexible y en todo momento se ha negado a negociar con el PP, actitud que hizo al todavía presidente en funciones, Mariano Rajoy, negarse a ensayar su investidura, una decisión que fue muy criticada pero que no estaba exenta de lógica política. Durante todos estos días, Sánchez no se ha cansado de pregonar que su proyecto sólo cuenta con lo que él llama "las fuerzas del cambio", algo que no es más que un eufemismo para nombrar el cordón sanitario que, de nuevo, los socialistas quieren desplegar alrededor de los populares aprovechando su maltrecha situación debida a los últimos casos de corrupción. Asimismo, el PSOE tampoco puede echarle en cara a Podemos su voto negativo. Después de haber escenificado un intento de "pacto de izquierdas", Sánchez decidió hacer lo más razonable: pactar con Ciudadanos, una fuerza que cada vez está dejando más claro su decidido carácter centrista y su vocación de partido bisagra entre la derecha y la izquierda.

Así las cosas, lo que ocurrirá en el Congreso entre hoy y el viernes sólo servirá para que los partidos vuelvan a tomar posiciones ante una segunda ronda de investidura y, si así se tercian las cosas -como es muy probable que ocurra-, unas nuevas elecciones generales. Sin embargo, algunas cosas han cambiado. Pedro Sánchez, por el que nadie apostaba después de sus desastrosos resultados electorales, se ha erigido en un líder con muchas más capacidades de las que le suponían. Por contra, Rajoy ha quedado muy tocado y cuesta mucho imaginarlo repitiendo como presidente del Gobierno. La solución final, probablemente, no llegamos aún a vislumbrarla.

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