Libre Directo

josé / pettenghi / lachambre

deuda impagable

HAY gente que guiada por una tosca intransigencia no soporta la Semana Santa. No es mi caso; es más, agradezco que llegue cada año puntual a su cita.

Mi deuda con la Semana Santa de Cádiz es impagable. Apenas huele a incienso, en cuanto empiezan a verse por la calle ternos oscuros con escuditos dorados en la solapa, mi maleta y yo entramos en tal estado de agitación que nos obliga a cambiar de aires.

Sí, gracias a la Semana Santa he conocido mundo. Alejándome de la "sobrediosis" de pregones o de las eternas novedades de palios y candelabros de cola, he ampliado conocimientos y horizontes. Ella me ha permitido saber que Rabat es Cádiz con más moritos y que Cádiz es Rabat con más nazarenos. O que la ausencia de acólitos en Amberes un Jueves Santo, permita asegurar dónde sigue viva la Contrarreforma.

También he visto por ahí que los alcaldes no suelen pedir a las imágenes religiosas que solucionen lo que es asunto suyo.

Gracias a la Semana Santa me mantengo además lejos y a salvo de trascendentales polémicas como la que enfrenta a los partidarios de la foto con los de la pintura para el cartel, de si una marca de cerveza puede patrocinar la Semana Santa, o lo importante que son los oros para la fe.

No es cosa de exagerar los asuntos poco importantes pero, al fin, ya ha dejado de interesarme la finísima línea que separa la espiritualidad de la superstición, la fe de la idolatría.

Sea por Semana Santa o no, de vez en cuando también conviene alejarse para comprobar que eso del Cádiz tolerante, liberal y cosmopolita es un tópico, un cuento, una leyenda urbana que se transmite de padres a hijos como una verdad pétrea. Porque lo cierto es que aquí la menor crítica a los Sagrados Principios Locales suele ser recibida con insultos por una legión de ofendidos y damnificados. En realidad somos una ciudad de vírgenes ultrajadas, de dignidades agraviadas y de la pose patética de los que, ensimismados, se miran el ombligo.

Pero, vaya, al fin y al cabo es mi opinión, y lo que me gusta a mí no tiene que gustar a todos. Y viceversa.

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