La tribuna

josé Antonio González Alcantud

El deseable fin de los oráculos políticos

NO hace ni una década, coincidiendo con la crisis económica y política, que toda suerte de encuestadores conocieron su edad de oro, tejiendo diagnósticos oraculares sobre el incierto futuro colectivo. Armados de gráficos y encuestas de opinión trazaban sin rubor panoramas. Conforme el tiempo avanzaba, y la crisis económica no se resolvía, volviéndose cada vez más imprevisible, los oráculos se fueron oscureciendo a fuerza de equivocarse en sus predicciones. Compruébese como los encuestadores, desconcertados por los resultados electorales, llamaron a la sagrada voluntad de la gente "voto oculto". En las últimas elecciones los hemos visto justificar sus fracasos arguyendo que el escenario era tan incierto que no podían pronosticar nada.

La opinión pública, entre tanto, se ha divertido apostando: a ver si aciertan o no. Desde luego los aludidos no cejan en su empeño. A título de ejemplo, si antes Pujol iba a Andorra a consultar a su bruja particular, para que le pronosticase el futuro sin necesidad de mayores averiguaciones electorales, ahora las encuestas mismas -la llamada "andorrana"- se ha radicado allá para seguir alimentando las especulaciones. Todo esto, sin lugar a dudas, es el resultado de una creencia muy arraigada: la que dice que el "estado de ánimo" de la población -es decir del "hombre medio"- es mensurable. Una vez que el pueblo emitiría sus emoticonos -estoy contento, estoy triste, estoy tal…- los políticos, con los datos en la mano, podrían corregir discursos y prácticas para sacarnos una sonrisa aunque fuese forzada.

El gran problema es que este tipo de oráculos, al fracasar en sus predicciones, están contribuyendo a desacreditar a la propia democracia en tanto espacio de la racionalidad. La moda circulante entre los contrarios al orden reinante es afirmar que "no creen en las encuestas". Y razón llevan. La creencia en ascenso es en el azar del juego. El Homo Ludens cabalga de nuevo. Juegos agonísticos, como el puesto en marcha Mas en Cataluña, tensionando la escena hasta hacerla casi un plebiscito de masas, que recuerda la épica histórica. Juegos de estrategia, como los de Iglesias-Errejón, con una ciencia ficción de factura juvenil y sólo juvenil. Juegos de mimesis teatral, como los que periódicamente ensaya Rajoy, Sánchez o Rivera con su cosmética comunicacional tendente a hacer "gestos", ya de por sí vacuos.

Lo que en todo este trayecto se ha perdido es la sagacidad -la métis de los griegos antiguos-, encarnada sobre todo en la sabiduría práctica de las gentes comunes. La sagacidad sirve para sortear los difíciles caminos de los azares de la vida política. Los oráculos sólo muy lentamente van reaccionando al reto de lo aleatorio. El gran problema de los métodos espurios oraculares es que ocultan a los verdaderos intelectuales que reflexionan más allá de los datos de encuestas y estadísticas, intentando establecer diagnósticos de mayor calado.

A los aludidos oráculos hemos de añadirles la especie más destilada: la opinología, consecuencia natural de la oraculidad. Proponedme un problema y os daré el bálsamo de Fierabrás que todo lo cura, es su lema. Los opinólogos son como aquellos jubilados que miraban como un enjambre a un solo obrero mientras trabajaba, sentenciando alegremente sobre su trabajo. Un ejemplo de encuestador injertado de opinólogo fue el ministro Wert. Miren el resultado. Otro ejemplo es el filósofo de circunstancias Marina. Cuando en el año 95 Marina ganó el premio Anagrama, que lo sacaría del anonimato, me llamó la atención la poquísima enjundia de su libro. Pero a la vista está el resultado años después, y cómo va por las covachuelas ministeriales con su informe sobre el sistema educativo, según el cual los profesores habrán de ser unos eternos interinos evaluados hora a hora, cosa que no ha sido él por cierto, funcionario de los antiguos "con plaza fija". En fin, ambos, Wert y Marina, van vendiendo ocurrencias milagrosas sobre cómo ellos y sólo ellos pueden solucionar este desmadre educativo nuestro.

De seguir confiando en todo este tipo de ocurrentes nos veremos obligados a continuar solicitando a intelectuales extranjeros, los llamados "hispanistas", que nos ausculten el oscuro porvenir que tenemos delante. Desde luego, en esa dependencia intelectual existe una responsabilidad propia desde hace tres décadas, sobre todo de las corporaciones que han dado credibilidad a los análisis cuantitativos, y de aquellos otros que no han tenido voluntad política para sostener sin falsos temores la reflexión crítica. Sin lecturas de fondo y sin debate sosegado, al final todo acabará siendo una cacofonía de tertulianos, quitándose la palabra los unos a los otros, y argumentando con cuatro datos en la mano. Este espectáculo debe estar en las últimas por inoperativo. Creo.

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