La tercera ola nos castiga sin piedad, con los sanitarios al límite, y hay quien sigue reuniéndose hasta con las farolas, pese al riesgo extremo. Que le pregunten a los rastreadores: cuanto más avanza el seguimiento, más desalmados descubren. Es como si la pandemia no fuese con ellos, y así es imposible frenar los contagios. Lo peor viene tras el positivo. Los más estúpidos y egoístas ocultan su caso y hacen su vida normal. Les siguen en la lista negra los irresponsables que no se confinan, ni a sabiendas de que han mantenido un contacto estrecho. Son una legión y esgrimen ante los rastreadores, que no dan crédito, todo tipo de excusas: "Ya voy, recojo a los nietos del colegio y me acerco a hacerme la prueba"; "es que no puedo darme de baja, compréndalo, me quitarían parte del sueldo"; "si no salgo de casa, ¿quién vigilará mi negocio?"...

Peor que estos inconscientes son los listillos, que no dan la cara para no aislarse: "No des mi nombre". Esta consigna es lo primero que le sueltan al amigo que les comenta que ha dado positivo, incapaces de asumir el coste de sus actos. Y entre los que sí lo aceptan, muchos no se enteran de que da igual que tras la prueba des positivo o negativo: no pueden salir de casa en diez días y no quieren enterarse. Prueba de que hay mucho loco suelto es que la mitad de los citados a los cribados masivos ni aparece. Aunque, ya puestos, hay que admitir que su eficacia deja mucho que desear, con sólo algún positivo entre cientos de test rápidos. ¿No es mejor invertir lo que nos cuestan en PCRs? Los cribados no pueden servir sólo para contentar a la gente. Claro que poca claridad de ideas podemos esperar de los dirigentes, visto el ejemplo que dan algunos saltándose el protocolo para vacunarse en primer lugar. ¿Alguien se imagina al capitán de un barco que se hunde apartando a los niños y a los mayores para saltar y salvar su trasero en primer lugar? Es la imagen que proyectan estos sinvergüenzas, expertos en dar la razón a todos los listillos de España por no dar ejemplo.

Si en la primera ola todas las precauciones parecían pocas, ahora nos hemos olvidado hasta de los abuelos. Antes nos quitábamos los zapatos al llegar a casa, usábamos guantes a todas horas, no visitábamos a nuestra gente durante semanas... Ahora nos pasamos las restricciones por el arco del triunfo. Ya no reponen ni gel el en la entrada de algunos supermercados. Nos pasa como con los hijos. Cuando al primero se le caía el chupete comprábamos otro o lo pasábamos por agua hirviendo. Con el tercero, lo cogemos del suelo y a lo sumo lo restregamos por el pantalón. Hasta el Gobierno pretende convencernos de que no es para tanto. Nos falta un líder carismático capaz de tirar del carro con las medidas precisas. Sanidad invita a cerrar bares y comercios para prevenir, pero el ministro Illa no adelanta el toque de queda ni muerto. ¿Alguien lo entiende? Todos se vigilan de reojo, ignorando que sólo reaccionaremos cuando nos obliguen a ver imágenes duras o nos encierren directamente. Al saber a qué nos enfrentamos, al menos, las víctimas no caerían en el olvido. Pero si nos ocultan la realidad, es más sencillo relajarse, con el agravante de que ya tenemos aquí la variante inglesa, que directamente nos está matando, más allá de la resaca navideña. Nos contaron que esta cepa no era más letal, pero sí más contagiosa, lo que la convierte en más temible. Cuantos más casos, más hospitalizados y fallecidos. Matemático. Y los que no den su nombre, que no digan que no lo sabían.

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