La última semana ha sido desalentadora, decepcionante. Como ciudadano es lamentable encontrarse con una tierra que no se quiere, con una sociedad que apuesta por una irremediable división ante cualquier controversia. Cualquier tema que se ponga por delante provoca la separación en dos bandos que, con el tiempo, se convierten en bandas, en incontroladas opiniones encontradas que tratan de imponerse por la fuerza despojando a la palabra, al diálogo, de su suprema condición de ser la base de la convivencia. Nacionalismos exaltados, caldo de cultivo para los ultras que no quieren paz, que solo buscan imponer: no hemos aprendido nada de la historia, de ninguna historia. Estamos ante un momento decepcionante que se cobrará su factura, que provocará una fractura que nos obligará a enyesarnos hasta el cuello para, con el tiempo, mucho tiempo, soldar el despropósito actual.

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