Postrimerías

Dos cuevas

La apropiación ideológica de la dictadura no niega la existencia de una continuidad hispánica

Los escolares del tiempo de la Transición todavía aprendíamos el nombre de Marcelino Sanz de Sautuola, el benemérito descubridor de Altamira en Santillana del Mar, que defendió desde el principio la importancia del hallazgo y murió sin ver reconocida su muy relevante contribución al fascinante estudio de la Prehistoria. Recordamos la mención al labrador, Modesto Cubillas, que holló el primero la cueva "en la edad presente", sin olvidar a la hija de don Marcelino, la pequeña María, que fue quien reparó durante una de sus visitas en los famosos "bueyes pintados". Adelantado a su tiempo, el erudito montañés tuvo que enfrentar el escepticismo de la mayoría de los contemporáneos -e incluso veladas acusaciones de fraude- hasta que la posterior aparición de restos similares en Francia demostró que su tesis era correcta. Tantas veces vistos en los manuales, en los libros de texto y hasta en el envoltorio del tabaco al que dieron nombre, los bisontes de Altamira pueden considerarse el "primer vagido" del arte en la Península, por usar la hermosa imagen que Dámaso Alonso aplicó a la naciente lengua castellana, cuando describió el esfuerzo de un monje de hace mil años, que ya no comprendía del todo bien el latín, para verterlo al vulgar en una de las glosas emilianenses. La tosquedad de ese idioma híbrido y embrionario contrasta sin embargo con la sorprendente perfección de las figuras rupestres, con las que manos anónimas de hasta treinta mil años antes de la Era -en el caso de las más antiguas, según las últimas dataciones- fijaron uno de los más poderosos referentes del futuro imaginario hispánico. Al otro lado de las "cantábricas peñas", este año se cumplen mil trescientos desde la legendaria batalla de Covadonga, fechada en 722 por Claudio Sánchez Albornoz, que más allá del episodio real y de la parte que en él tomaran astures, visigodos y "caldeos", como llama el cronista cristiano a los guerreros musulmanes, dio pie en una fecha temprana -pero bastante posterior a los hechos- al mito fundacional de la Reconquista, que tuvo gran protagonismo en las recreaciones historicistas del XIX. La apropiación ideológica de la memoria común durante la dictadura, o el gusto por las escenografías de cartón piedra que distingue a sus herederos, ahora tan crecidos, no niegan la existencia de una continuidad que no puede remontarse a los remotísimos antepasados que pintaron los techos de Altamira, desde luego, ni tan siquiera a los reinos medievales que disputaron al Islam el confín de Occidente, pero de algún modo los abarca y nos comprende, a todos los que desde entonces hemos venido al mundo en el viejo y fatigado solar de Hispania.

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