Es fácil hacer la broma, dadas las fechas, del Franco zombie; pero se la voy a dejar a otro columnista, porque qué culpa tiene Franco (de esto). El susto en el cuerpo, sin embargo, lo tiene que llevar Carmen Calvo que la ha liado Pardo (con perdón) con su trato o truco en el Vaticano. Han pintado de rojo la lápida de Franco y va a juego con la cara de bochorno de alguna.

El ridículo del desmentido a sus eufóricas declaraciones es, con mucho, lo de menos. Lo de más es que el Gobierno había adoptado una política de control de riesgos inteligente acerca de la posterior inhumación tras la exhumación de El Valle de los Caídos. Decía que ese no era su problema. Que lo suyo era expulsar el cuerpo de Franco de un monumento que homenajea a los caídos en la guerra civil, a la que Franco sobrevivió (en inmejorables condiciones y un rato largo).

A nadie se le escapaba que el enterramiento en la cripta de la Catedral de la Almudena, en pleno centro de Madrid, aledaño a la Plaza de Oriente (precisamente) no podía henchir de alegría el pecho de Pedro Sánchez, pero él tenía la picardía de poner cara de póker. Ahora Calvo le ha descubierto el farol. Toda una vicepresidente del Gobierno viajó al Vaticano para evitar la inhumación y ejerció todos sus encantos (insuficientes) para sortear la Almudena. Ya no cabe fingir indiferencia. A partir de ahora, la inhumación también es un asunto que atañe al Gobierno (motu proprio).

Y, encima de pisarse un pie, se ha pegado un tiro en el otro. Conociendo los usos vaticanos y las ganas de no ponerse de perfil de la jerarquía eclesiástica, bastaba quizá haber dejado caer que lo de la Catedral en el centro de la capital del Reino de España sería algo incómodo. Y luego callarse. Habrían sido coherentes con la estrategia general del Gobierno y no habrían puesto a la Iglesia en la picota de tener que decir nada. Pero ahora, cuando la Iglesia ha dicho que no puede evitar que entierren a Franco en la cripta propiedad de la familia, lo ha dicho. Ossoro y Parolin se han quedado sin margen para hacer maniobras discretas para evitar el enterramiento. Se han quedado, no: les han dejado sin margen. ¿Quién les quitaría el sambenito (precisamente) de que han cedido a presiones, si no a chantajes?

No sabemos adónde acabará Franco, pero a estas alturas sospecho (y este juego de palabras sí me lo voy a quedar yo) que los criptofranquistas preferirán la cripta.

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