Auna semana vista de la celebración del 28F -lo cual te da una cierta perspectiva, sin difuminarte la memoria- hay que reconocer que este año se ha intentado, con un éxito moderado, el que hubiese un mayor redoble de tambores y una más firme contundencia en la exaltación del andalucismo, por aquello de contrarrestar ese cierto movimiento revisionista del estado de las autonomías, alimentado, dicen algunos, por las exigencias de reducción del gasto público que impone la crisis. Otros piensan que eso es sólo una excusa para volver, por parte de algunos, a añorados niveles de centralismo.

Lo que pasa es que ese loable intento de reivindicación autonomista ha cedido protagonismo ante el bombazo informativo que ha supuesto la publicación de varios sondeos de opinión que, en su apartado de intención de voto, le dan, por práctica unanimidad, la mayoría absoluta al Partido Popular, en el caso, por supuesto, de que ahora se celebrasen las elecciones andaluzas. Aunque la diferencia porcentual entre PP y PSOE varía de seis a doce puntos, según el sondeo de que se trate, lo relevante es que todos coinciden en que esos resultados se traducirían en una mayoría absoluta para Javier Arenas. Esto supone un cambio histórico, en cuanto a las previsiones demoscópicas -que es una forma fina de decir resultado de las encuestas- que jamás se habían pronunciado en este sentido con tanta rotundidad.

Hay que resaltar la importancia de este dato porque se han visto, leído y oído, muchos comentarios que comparan esta situación con la de 1996, afirmando que también entonces se vaticinaba una victoria del PP en Andalucía. Y todos sabemos que lo que luego ocurrió fue que los socialistas subieron resultados, con respecto al 94, y los populares se quedaron estancados. Pero eso, en honor a la verdad y a la buena memoria, no fue así. En las previsiones del 96, el PP no se acercaba, ni de lejos, a una mayoría absoluta. Lo que sí se estuvo barajando, hasta que un par de semanas antes de las elecciones, los últimos sondeos destrozaron las ilusiones, es que si IU mantenía, más o menos, sus posiciones, el PA subía un poquito, el PSOE se quedaba estancado o bajaba levemente, y el PP subía dos o tres puntos, podría configurarse un gobierno PP-PA. Y en eso estábamos -el exsecretario general del PA, Antonio Ortega, es buen testigo de aquellas conversaciones en el Hotel Inglaterra-, pero tampoco salió, porque los andaluces castigaron a IU por su contribución a la pinza, y el voto útil se concentró en el PSOE.

Lo de ahora no tiene nada que ver. Se trata de si el PP tiene, o no, mayoría absoluta, y los datos apuntan que es posible y probable. Y ya hay una mayoría que se lo cree. Esto nunca había ocurrido. Insisto, el 96 fue otra cosa.

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