Su propio afán

Una cosa

Para el día en que se terminen cansando de la broma, les confesaré la verdad: no era una broma

Tanto a mi mujer como a mis hijos les divierte mucho que yo me repita. Para una convivencia estrecha y prolongada en el tiempo, es una suerte. Si no, tendría uno que estar inventando gracietas sin parar, y nada es más cansado que la originalidad, ni más contraproducente. Ellos cada día esperan que, haya lo que haya para almorzar, yo exulte: "Qué bien. ¡Mi plato preferido!". Como soy muy tragón, no miento. También que, cada vez que entre de la calle, exclame: "¡Estoy enamorado de esta casa!". "Ah, no lo sabíamos…", responden con gestos de sorpresa e incredulidad cada vez más exagerados.

Por fortuna, también les hace gracia que inicie cada bronca, cada orden, cada corrección y cada advertencia exactamente igual. Les digo, o con acentos quejumbrosos: "Para una cosa que os pido…"; o con acentos resignados: "Encima de que sólo os pido una cosa…"; o con acentos solemnes: "Yo sólo os suplico una cosa…"; o con acentos fúnebres: "Cuando yo falte, recordad que sólo os pedí una cosa…".

La cosa única cambia bastante. Que no contesten a su madre. Que no se peleen entre sí. Que sean magnánimos. Que sean intelectualmente insaciables. Que recen el ángelus. Que no dejen los zapatos por ahí. Que pongan a cargar mi tablet si la han dejado seca. Que no canten en la mesa. Que no salgan chorreando de la ducha. Que cojan bien los cubiertos. Que. Que. Que. Que.

"Ja, ja, ja…, 'una cosa', dices, ¡pero si no paras!", y así, riéndose de mí, son más pacientes conmigo y con mis cuentos de las mil y una cosas. Por supuesto, me guardo una cosa (por no llamarlo un as) bajo la manga. Para el día en que se cansen de la broma, les confesaré la verdad. No era una broma. Era verdad: sólo les pido una cosa, y ya.

Que sean una mujer y un hombre de una pieza. Pieza que se desarrolla en un sinfín de actitudes, predisposiciones, habilidades sociales, energías morales, condiciones e intenciones, según las circunstancias. Pero todo es uno. Cuando san Agustín soltó aquello tan precioso de "Ama y haz lo que quieras" no estaba dando carta blanca moral a los más sentimentales de sus oyentes. Qué va. Les estaba pidiendo sólo una cosa, pero, en vez de hacerlo a mi estilo, él resumía.

Cuando no me quede más remedio que dar explicaciones de una gracia agotada, confesaré: "Sólo os pedí que amaseis la versión más perfecta de vosotros mismos". Y luego ya que hicierais a gusto y agustinianamente lo que os diese la gana.

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