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Ojo de pez

Pablo Bujalance

pbujalance@malagahoy.es

Lo correcto

Estas mujeres vuelven a tirar de carro con lo que más falta hacía: un argumento ético incontestable

Ante las imágenes de Araceli Hidalgo en plena recepción de la primera vacuna contra el coronavirus en España, a sus 96 años, uno no podía más que admitir el ejemplo de lo que hay que hacer. Resulta significativo que las primeras personas en inocularse la vacuna hayan sido mujeres, además, de una generación bien concreta. Una generación que, más allá de las posibles virtudes personales de estas mujeres, ha tenido claro qué era lo que había que hacer, qué era lo correcto, porque lo que estaba en juego a menudo no era el postureo ni el floreo, sino la propia supervivencia. Estas mismas mujeres tiraron del carro en su momento y ahora vuelven a hacerlo poniendo en bandeja justo lo que más falta hacía: un argumento ético incontestable. Podemos ponernos estupendos, armar ruido en las redes, desconfiar de los científicos porque a ver quién les ha dicho que saben más que yo, votar a miserables populistas porque lo que dice mi grupo de Facebook es más verdad que lo digan los otros pelagatos, dejar de enviar a nuestros hijos al colegio porque a santo de qué tienen que ir con la mascarilla puesta, creernos que sabemos más que nadie, no consentir que nadie nos diga lo que hay que hacer. Hemos tenido mucho de este ruido en los últimos años. Pero también podemos hacer lo correcto. Lo que hay que hacer. Sin más.

Y ante este ejemplo, todo ese ruido, toda esa mercadería infame de trolls promocionados y cuñados chupatintas, se viene abajo como un castillo de naipes. Toda esa prepotencia de chulos que desprecian el conocimiento porque consideran que su ignorancia de meapilas resulta al final igual de válida queda como una mosca empeñada en darse de golpes contra el cristal de la ventana frente a la más prudente, humana y certera sabiduría. La media sonrisa de Araceli Hidalgo resonaba como un desplante cargado de ironía contra los listísimos señores que han salido de sus casas cacerola en mano (para seguro descanso de sus abnegadas esposas) a reclamar que les dejen salir a la calle sin bozal. No hay mayor autoridad que la de quien hace lo correcto. Vendrán los pringados de siempre a denunciar que hacer lo que hay que hacer es una actitud de siervos, pero desconfíen: esos profetas de pacotilla son los primeros que se quitan de en medio cuando salen los leones a la arena.

Aunque fuese por un mínimo signo de respeto ante quienes han perdido la vida en esta pandemia, correspondería acabar de una vez con el ruido, reconocer la autoridad de quien se la ha ganado y hacer lo que es debido. Quien no sepa de lo que habla, que calle. No habrá mejor regalo para el año nuevo.

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