En el país del si yo te contara... todos conocen el escándalo de los asesores de la Diputación y en nada sorprende que la mitad no sepa dónde tiene el ordenador. A los ayuntamientos se les acabó la barra libre hace años, pero las diputaciones parecen invisibles. Ningún alcalde podría tener un batallón de su plena confianza cobrando sin pasarse por su ayuntamiento (que le pregunten a Pacheco) pero en la Corporación provincial la vida sigue igual, porque, como todas, aún disfruta de margen. A más de un enchufado lo han frenado en seco en la puerta porque nadie les pone cara. Es más, los novatos reciben instrucciones precisas para volcarse en tareas de acoso y derribo contra el rival de su pueblo y de esta suerte cuando vienen por Cádiz nadie les conoce. Lo han de devolver el favor a los líderes en los congresos y punto. Igual se coloca a la joven promesa que al veterano, ya de recogida en su templo. Un asesor jubilado se pasó años en su huerto de la Janda entre alcachofas y habas.

El buen gobierno de la Diputación lo primero que intenta sellar son los labios del oponente blindándole inconfesables prebendas. Los tratos se prorrogan sin problema. Hoy por ti y mañana por mí. La oposición acepta porque nadie espera que alguien haga algo. Un presupuesto tan millonario que marea lo mismo afecta al PSOE de San Antonio que al proyecto político y anticapitalista de Kichi, que por una vez se ha quedado sin saber qué decir. Nadie se escandaliza. Quien no le ha pedido un favor a Irene García (y antes a José Loaiza y antes a González Cabaña...) ha estado a punto. La Diputación se piensa como un órgano dinamizador del territorio y bla, bla, bla, pero carece de un discurso de provincia. Por norma adolece del nervio preciso, quizá porque se piensa que hablar de gastronomía es hacer provincia. Ni siquiera se conoce el criterio político que marca su agenda. Pasa lo mismo con el PSOE de Cádiz, que tanto echa en falta un ideario para encauzar el presente. González Cabaña, al menos en apariencia, tutelaba la política de su partido y de la Diputación. Pero qué más da, si el ente provincial funciona hoy como un banco suizo que riega tanto a los pueblos pequeños como a los grandes. El popular José Loaiza, exigido por su partido, también se dedicó a ingeniar fórmulas de financiación para los grandes ayuntamientos en la anterior crisis.

Irene supo aprovechar su momento y tiene cierta chispa, pero ni posee un enorme bagaje político, como casi todos los de su quinta, ni goza de un indiscutible fondo intelectual, a pesar de sus virtudes. Eso sí, la líder del PSOE es a la política como Quevedo a la literatura: son tan barrocos que quieren dejar la impronta de su labor a cada capítulo de su existencia. Y en el ejercicio del poder permanente, la clase dirigente confunde con frecuencia las instituciones que gobiernan con su partido, olvidando la vocación pública. No es que el personal piense hoy como ayer que las diputaciones no solucionan los problemas de la gente: la mayoría, salvo los asesores invisibles, sospecha que las diputaciones no sirven para nada. Y en este contexto, fijo que Irene echa de menos al PSOE al frente de la Junta: antes vendía más gestión. Para colmo, la división interna es tan fuerte que, por más que intente contentar a pedristas y susanistas, la batalla está servida entre la revancha y el trapicheo. Lo peor es que ahora se sienta más sola que cuando contaba con los apoyos del susanismo, de Jiménez Barrios, Cornejo, Blanco y parte del romanismo. Si alguno le contara la verdad...

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