C OMO sabemos que todo puede empeorar, siempre brindamos bajo el mismo lema: "Que nos quedemos como estamos". La mayoría recibió con este humilde deseo a un 2020 envenenado. Tras dejar atrás la crisis financiera de 2008, cuando ya pensábamos en la remontada, el maldito coronavirus nos arrebató toda esperanza. Y cuanto más repite el Gobierno que saldremos más fuerte, más nubarrones se presentan. El turismo apenas salvará media cosecha, y cuando el futuro de nuestro tejido empresarial e industrial también pende de un hilo, lo más destacable es la extraordinaria capacidad de la clase dirigente para abstraerse de cuanto le rodea. Puede que hasta hoy no les haya ido mal, como muestra el índice de flotabilidad de la mayoría, pero la suerte no es eterna. Y cuando una compañía tan puntera como Airbus deja en el aire el futuro de su planta de Puerto Real, lo último que se espera de los gobernantes es que actúen como la vaca que mira al tren.

Cádiz necesita más ambición política y mucha más presión a todos los niveles para no terminar desahuciada por completo. Pero como si se les hubiera pegado la lengua al paladar, la mayoría de nuestros gobernantes se pone de perfil ante la que se avecina frente a una factoría que lleva casi un siglo ofreciendo la mejor versión de nosotros mismos. ¿Acaso han testado nuestros dirigentes el conocimiento y la tecnología que se dan la mano en la planta puertorrealeña? Algunos se creen que leer es saber pero, en el mejor de los casos, leer es entender. Para saber, hay que pisar el terreno. Sin un mínimo de vocación pública, ¿qué afán transformador guía a nuestros gobernantes? Es un misterio como no hay otro. Pero si no aprovechan esta crisis para cambiar nuestro modelo productivo, resignándose a su suerte, se lo tendrían que hacer mirar, porque ya no basta con las recetas mecánicas de siempre.

Con el mismo afán que, por ejemplo, todos nuestros políticos exigieron el fin del peaje, desde el populismo más ramplón, ahora es el momento de que no permitan que se dé un paso atrás con nuestra industria aeronáutica. El futuro de la planta de Puerto Real está en el aire y el mensaje político de la Bahía ha de ir mucho más allá de las ayudas tan perversas como perecederas. La falta de coraje ante casos tan sangrantes como el retraso del Centro de Fabricación Avanzada es un claro ejemplo de despropósito. Porque al bajar los brazos, nuestros gobernantes confiesan su crimen y sentencian a esta provincia a la marginación. Si en lugar de pasarse el día mirándose al espejo, se apasionaran con construir nuestro porvenir, Cádiz podría soñar a lo grande. Pero si al dirigente le vence la convicción de que poco se puede hacer para que nuestros astilleros reciban el mismo trato presupuestario que los demás; si se encoge de hombros cuando se llevan la fábrica de Torrot a Cataluña; si desperdicia cien millones para el fallido Plan de las Aletas..., tendría que replantearse el motivo de su existencia. Ya sabemos que, en apariencia, nuestros representantes son simples mortales con sus desvelos y miserias, como la mayoría. Pero sólo a ellos les está concedido el poder de decidir qué hacer con nuestros recursos. Y de esta suerte, lo que se espera es que de su portentosa imaginación surja algo nuevo que alumbre nuestro futuro. El resto de los mortales, hasta que regrese la magia de la política con mayúsculas, brindaremos por lo de siempre, si nos dejan.

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