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La clase

Los monólogos interiores de una clase, por muy atenta que esté, forman un misterioso aleph borgiano

Me dirijo a dar mis clases con el corazón en un puño entre angustias políticas y teológicas, entre el procés y el sínodo de la Amazonía. Me descubro por un instante dándome lástima por tener que exponer a mis alumnos el estricto temario y no disertarles, contraviniendo Mateo 12, 34, de lo que abunda en mi corazón … Por supuesto, me trago mis angustias y me hago el cuerpo a hablarles del estudio de mercado, de los clientes, de los proveedores, de todo eso y nada más.

Pero un segundo antes de empezar, caigo en la cuenta de que mis alumnos también habrán llegado a clase con sus inquietudes de casa y que no se volverán locos por calcular las cuotas de mercado ni por practicar con el modelo Business Canvas. De pronto, les miro con otra empatía. Ellos, ¿qué estarán ahora mismo sofocando dentro de sus espíritus, preparándose para atenderme como siempre, muy atentamente, a pesar de todo?

Le descubro a la clase un sinfín de energías latentes. Es un Aleph. En el pequeño espacio de un aula, aunque hablemos sólo de lo único que nos toca, se concentran anónimos problemas teológicos y eclesiales, nacionales y políticos, sospecho que románticos, quizá familiares, o económicos, o deportivos…, un mundo vastísimo que no podemos ver, pero que gravita sobre nuestras cabezas.

Me vuelve a pasar algo bastante recurrente. Si casi nunca protesto de lo revoltosos que son mis alumnos, es porque el más revoltoso con diferencia de todos soy yo. ¡Cuánto me cuesta mantenerme a raya! Me tengo que llamar la atención un montón de veces y no me pongo un parte de conducta para no tener que dar unas explicaciones muy extrañas a la jefa de estudios. Comparados con mi imaginación, la loca de la clase, los alumnos son almas benditas.

Vamos, sin embargo, a conseguirlo y ya estamos todos muy serios y profesionales avanzando en el programa oficial de la asignatura sin salirnos del guión establecido. Porque es lo que toca, porque no venimos aquí a llorar cada uno lo nuestro, pero también porque ese cumplimiento del muy pequeño deber concreto de cada momento es lo más sustantivo que podemos hacer todos -ellos y yo- para contribuir a la solución de nuestros grandes problemas.

Suena el timbre por sorpresa. ¿Ya? Qué rápida se nos pasó la clase. Y ahora todos recogemos y nos vamos, diciendo «adiós, adiós, hasta mañana», de vuelta a nuestros grandes agobios y problemas interiores, sí, pero con el deber cumplido.

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