Puente de Ureña

Rafael / duarte

Sobre nuestra ciudad

RECORDAR es vivir una parte de la muerte. El pasado está lleno de sombras, de amigos idos, de actos que ocurrieron, y recordar no es otra cosa que repetir y reelaborar vivencias. La literatura es eso, también. Depende de las experiencias acumuladas por cada individuo y de sus ensoñaciones o realidades. Cualquiera tiempo pasado fue mejor, dijo Manrique, y pienso que, como todo, tuvo partes buenas y peores, y que el futuro asusta por lo que tiene de incierto y eventual, mientras el pasado es irrevocable.

¿La Isla de ahora, es mejor? No lo afirmaría yo, pero tampoco la condenaría a un ostracismo lapidario, porque, aún a nuestro pesar, evoluciona por ella misma. Y me explico. Ayer, cuando Avelino Arias era alcalde, La Isla, casi sin maquillar, por la cantidad de edificios en estado ruinoso que había en la calle San Marcos, fue el escenario del rodaje de Navy Seal una película de guerra que eligió como exteriores de grabación al muelle de Gallineras, la carretera y playa de Camposoto, la calle San Marcos y Tomás del Valle, donde estuvo la Fábrica de Hielo.

Era cósmica la ruina, y el estado de la vía, y servimos de imagen de Beirut, -el atraso- que dimos como escenario sin trucar, entonces.

¿Y ahora? Vialmente San Fernando ha mejorado. ¿Pero, indica eso que no podríamos servir de decorado otra vez? ¿Qué clase de decorado? Yo creo que conservamos zonas "de guerra". La calle Real misma, de la que, parece, que ha dicho el alcalde lo de que el tranvía no pasará de La Ardila. ¿Para qué entonces, tener sitiado al comercio local como si fueran a rodar la primera guerra mundial que fue una guerra de trincheras, boquetes y socavones, como todo el mundo sabe. Y La Ardila, con tiro Janer y la ampliación de las intervenciones arqueológicas, para exteriores de Afganistán.

Y en La Casería y alrededores, un poco de aquel Verano Azul, del Piraña Valero, Tito, Chanquete y Julia.

Recordar es analizar, revivir, evocar, comparar. Uno evoca cuando La Isla, la pobre isla que tenía huertas, huertos, jardines, esteros, y un tejido industrial y militar, malvive ahora con un jirón de ese tejido y la ausencia de todo lo demás.

Sin el recurso de las huertas o de la pesca. Las mazas medievales de los alcauciles, los candelabros de las higueras, el olivo pastando sobre el verde, el trigo que ondulaba como el mar…

Puede que recordar sea ponerse de parte de la muerte, pero esos retazos de luz que vuelven sobre el desánimo de la ciudad llena de vallas y de obras, parada y quieta, varada como un pecio al costado de la marisma. El edificio del Ayuntamiento cerrado y cercado. El cajón que oculta el escudo y las estatuas de la Justicia y la Fama, como una metáfora de los tiempos que corren. Espero que, alguna vez, al menos, en el tiempo alguien la pueda ver algo mejor. Al menos, como un mal menor para una ciudad desgastada, que se cumpla en ella el dicho de Heráclito el oscuro: que sin esperanza se encuentra lo inesperado. Aunque sea oscuro y en blanco y negro, el recuento de todo lo olvidado.

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