E L poderío mostrado por los astilleros en el ámbito de la construcción civil, tanto con los petroleros como con la entrega de las subestaciones eléctricas a Iberdrola, ha proyectado una imagen de excelencia digna de mención. Pero lo que ofrece retorno a los astilleros es la inversión en la vanguardia militar. Como magnífico ejemplo tenemos el portaaviones 'Juan Carlos I', que en su día costó 350 millones de euros. Hasta ahora se han vendido dos a la Armada de Australia y un tercero a Turquía, por unos 1.200 millones. Y lo mismo pasó con las cinco fragatas para Noruega, más otras tres a Australia, que generaron ingresos por el doble de su valor, sin perder de vista que los astilleros españoles se ocupan de la actualización de los buques otros cinco años, generando riqueza. Consciente del papel que juega Defensa para los astilleros, el anterior Gobierno dejó fijada la base para su futuro con los 11.000 millones presupuestados para su plan estratégico. Y en su cartera de pedidos, ya se contemplan las corbetas para la Bahía, las nuevas fragatas F-110 de la Armada para Ferrol y los submarinos S-80 para Cartagena, es decir, el 90% de dicho presupuesto.

Los petroleros que se contrataron hace unos años, como mal menor, ofrecieron carga de trabajo en un periodo de crisis sin precedentes. Pero estas inversiones, tan celebradas por la clase dirigente y casi todos en general, arrojan pérdidas millonarias cuando no se fabrican en serie, como en Corea. Y proyectos como el de la propia subestación también son apuestas a largo plazo y sin margen alguno, más allá de las horas de trabajo. El círculo virtuoso en los astilleros se da cuando el Gobierno invierte en Defensa para mejorar su flota, de ahí que se confíe en que el nuevo Ejecutivo no varíe el rumbo ya trazado. No sólo se garantiza el futuro de la industria de la Bahía. También se afianza la seguridad nacional, al tiempo que se lucha contra la piratería y el Daesh. Es fácil ver, a simple vista, que no tiene mucho sentido perder decenas de millones con los petroleros, cuando con ese dinero se podrían hacer barcos para la Armada que den servicio y que podrían generar retorno si el diseño es bueno. Esto lo entienden hasta los chiquillos, pero son decisiones políticas y ya sabemos que en este ámbito todo es posible, hasta negar la evidencia. El 'Juan Carlos I', sin ir más lejos, ha luchado contra el Daesh en Agfanistán y a su regreso ha parado en la India y Egipto. Ambos países se han interesado por nuestra tecnología porque mantienen concursos, que podrían redundar en beneficios para los astilleros. Aquí reside el auténtico negocio para Navantia, en un diseño que triunfe en el mercado. El problema es que invertir en Defensa no es algo de lo que le guste hablar a nuestros dirigentes, al contrario que en otras latitudes. De hecho, los gemelos australianos del 'Juan Carlos I' ya han realizado el triple de misiones que nuestro portaaviones, que ha tardado diez años en realizar la primera, trasladando 12 helicópteros a Iraq. Es razonable que los astilleros exhibieran su orgullo cuando entregaron a Iberdrola la subestación eléctrica 'Andalucía II', capaz de ofrecer energía limpia a un millón y medio de personas. La industria de la Bahía ha ofrecido un producto donde el talento y el saber han rozado la excelencia. Pero para compensar las pérdidas hay que afrontar la realidad, y el futuro de los astilleros siempre estará en manos de Defensa, y sobre todo en la voluntad del nuevo Gobierno y sus socios de Podemos. Si tienen dudas, sólo tienen que preguntar a los alcaldes de Cádiz y Puerto Real.

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