puente de ureña

Rafael / Duarte /

Desde mi cierro

LA culpa, que conste, la tuvo mi amado brother, Pedro González Tuero. Resulta que dirige un espacio literario en Radio La Isla, (18:00 h, miércoles) cuyo título es el genérico de su columna y de este artículo, y habiéndome invitado a colaborar con él -qué inefable placer-, pues yo, ego, alter (ohé ¿no lo exhiben todos?), pienso que toda pasión, incluso la literaria, es un acto contra la muerte, a pesar de los malos/as conciudadanos/anas que aquí y en la bahía juntan letras, palabras, catacresis y vanidades como políticos con cargo.

Y digo que la culpa la tiene el Tuero porque la verdad es grande, y prevalecerá cuando a nadie le importe si prevalece o no, o sea, ahora, con tanta cutrinez cultural y tantos libros presentados como la última maravilla de Dios en la tierra, precisamente ahora que se le vuelve la espalda a Dios, a la Virgen y a la Iglesia, cuando la vida se aliena y alinea con escritores, escriptores y mediocres, según la línea de flotación ¿verdad Berenguer?, de la literatura misma.

El Glez Tuero -(parodio al Montero Glez, y a Lolo Picardo de mi venta de Vargas)- me obligó, según él, a "mojarme". ¿Había tantos escritores, tantos capaces de emocionar en tan exiguo sitio? No dudé. Mi memoria me la imagino, ya ven sin decir que "yo" me la imagino, o sea sin pleonasmo vanidoso, entre un caldo de puchero y un gel blancuzco donde las ideas nadan como tropezones y los recuerdos como hierbabuena o las verduras con sus hilos nerviosos y su vida cocida. Le dije que había gente que no daba el currículo. Que publicar era columna arrinconada, sic, Blas de Otero, y que la vanidad académicamente correcta ofuscaba el raciocinio y la masonería inhábil, del frac-masón, y el tontosmoking, a partes iguales, cuando el apagón de los sentidos y la abulia anestesiada convergen en libros tontos y bobos de guardar.

Mi anagnorísicos lectores: he sometido "últimas maravillas", siete años, acá, a un filtro personal e inquisitivo que me los aleje más allá del allá de presuntas personalidades ilustradas, afectos solipsistas y/o psicopáticos de su propia mediocridad, de su propia ignorantia dextra, según García Hortelano -todo hortelano es culto-, todo isleño, más, y no hay soberbia que no empiece entre nosotros mismos, extremeños inclusus.

Sí. Pedro. No pasa la mayoría el filtro de las preguntas siguientes: A) del enunciado en sí. B) de la falta de conocimiento. C) de la erudición en lo negativo. D) de la falta del desenlace en la obra más allá de sus prejuicios. E) De la técnica empleada.

El rubor condiciona mi respuesta, blanda, ante la antena isleña y ante mi Tuero. El rubor no es rosado ni bermejo. El rubor es de sal de saladar cuando no ha precipitado en verborreas subcutáneas. Los libros se catalogan en tres categorías críticas: Libros secretados, libros excretados y libros perpetrados.

Pues no hay arrogancia que no corrompa, ni hay estulticia que no envanezca. Ni tontos sin plataforma ni micrófonos, como la copla aquella.

Ah, señor, cuando muera, que ya lo desean piadosamente ellos, ¿quién los estremecerá? Oh, alma, sé más noble por mi causa.

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