LÍNEA DE FONDO

J.M. Sánchez Reyes / Jmsanchezr@diariodecadiz.com

Un chantaje sentimental

Cuando el barco se hunde, el cadista sí es tenido en cuenta sabiéndose que no va a dejar tirado a su equipo

UNA plataforma que quiere salvar al Xerez pedía hace poco mayor transparencia en las cuentas de la SAD de sus amores, que son dos términos tan contrapuestos como desgraciadamente unidos hoy en el fútbol. Aquella acción de los xerecistas me pareció, respetándoles profundamente, un ejercicio de inocencia y candidez. Que no se engañen los actualmente abonados de los clubes convertidos en sociedades anónimas. Los empresarios que las dirigen no les van a enseñar las cuentas así porque así, a no ser que tengan un porrón de acciones. El aficionado de a pie es un simple número que no tiene derecho a nada. Ni a elegir al presidente del equipo de sus amores, al que gestiona tantos años de sentimientos. Y mucho menos a protestar, que luego el dirigente de turno te acusa de derrotista. De mal cadista, en el caso que nos ocupa y duele. Y salen esos mensajes de remar todos en la misma dirección. Porque cuando el barco se va a pique, el aficionado sí es tenido en cuenta y se le pide, sabiendo que no va a dejar tirado a su equipo del alma, que arrime el hombro, que anime a los jugadores, todo ello en un ejercicio claro de chantaje sentimental. Y se le pide que si critica o pita, o saca pañuelos bañados en lágrimas de impotencia, no insulte. En definitiva, un borrego.

No soy más o menos cadista que nadie por no acudir al Carranza desde hace tiempo, actitud que he adoptado porque el espectáculo que me ofrece el empresario no me convence. Cuando me guste lo que me proponga, volveré al redil de unos sentimientos que no me han abandonado. Ya está bien de que todo lo ponga la afición. El empresario debe poner de su parte. Más que animar al equipo, es la empresa la que debe animar a la afición ofreciéndole algo más que pobres plantillas. La afición amarilla da mucho y recibe muy poco. Y la ciudad, todavía menos, a pesar de que sale dinero de sus arcas públicas para una empresa privada que debiera devolver esas inversiones en forma, al menos, de ilusión al cadismo.

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