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Gema Pérez Herrera

Doctora en Historia

La cercanía de un hombre de Estado

NOS ha dejado un grande. Alguien que entendió la política como un servicio a España en unas horas trascendentales de su historia. Desde sus inicios en 1976 tratando de formar aquel primer Partido Popular, ya extinto, que después fue la piedra de toque sobre la que se levantó UCD; desde sus cargos en el Congreso, donde se ganó la confianza de Suárez y del partido; desde su trabajo ímprobo y noble durante la ponencia constitucional; desde el Ministerio de Presidencia al frente de la ingrata labor de articular las autonomías; desde sus esfuerzos en Exteriores para incorporar España a la OTAN, a pesar de los pesares; desde su nobleza y lealtad a la idea fundacional de UCD y a todos aquellos que compartieron con él aquel sueño. Sin fisuras, José Pedro fue un hombre de Estado y un gran patriota.

He tenido la suerte de tratarle de cerca en estos últimos seis años, a raíz de la elaboración de mi tesis doctoral sobre su trayectoria política. Mi gran aprendizaje y mi gran suerte en estos años ha sido poder pasar del personaje histórico a la persona. Sus papeles, sus informes, sus acertadas reflexiones sobre el devenir de España, escritas con asombrosa clarividencia en los años setenta y ochenta, revelan al personaje público, al que algún día la Historia de España hará justicia, pero mis numerosas conversaciones con él me acercaron a la persona, más allá del retrato que proporciona la documentación.

“Cuando miro esos papelotes, me pongo triste”, fue una de sus primeras frases al referirse a su archivo y que llamó poderosamente mi atención. Miraba al pasado con una suerte de nostalgia y dolor, nostalgia por esos años de grandes ilusiones y grandes proyectos para España, una España de consenso, en la que cupiésemos todos. Y dolor, dolor por ver la deriva que habían tomado las cosas, por ver las traiciones de cierto nacionalismo y de quienes solo entienden el uso del poder a corto plazo y con intereses de partido. Él no quiso ser presidente de Gobierno, Suárez se lo preguntó, en aquellos meses turbulentos de 1980 cuando los barones cuestionaban el liderazgo de su presidente y la oposición atacaba con fuerza. “La política me ha hecho perder muchas cosas, pero no el sentido común”, fue su respuesta.

No quiso ser presidente, quiso simplemente servir a España desde donde sabía y podía, dando lo mejor de sus conocimientos jurídicos y de su inteligencia excepcional para tratar de articular el nuevo Estado de derecho que es el nuevo Estado español. Un Estado que ahora algunos parece que pretenden destruir, un pasado que algunos pretenden olvidar o denostar. Esta era una de sus grandes espinas. El dolor de haber hecho, en la Constitución y durante la elaboración de los Estatutos, una apuesta confiada con la historia y con los partidos nacionalistas. Apuesta que podría resultar un error si finalmente resulta cruelmente traicionada.

En 1982 se apartó de la política y se dedicó a lo suyo, al derecho, trabajador incansable hasta el final de sus días, y que sin embargo siempre tuvo tiempo para responder a mis preguntas y contarme tan generosamente sus recuerdos. El ‘zorro plateado’ de la política era un hombre increíblemente humilde, que nunca me habló mal de ninguno de sus colegas de antaño, que nunca se entrometió en mi trabajo, que nos hacía reír con sus agudos comentarios llenos de sentido del humor, un humor tan andaluz que ni la política ni los madriles habían logrado erradicar.

Un hombre familiar, que desde el primer día nos habló del importante papel de su mujer en su vida “Ella me ha influido y cambiado más que nadie en el mundo”. Un hombre de Estado y de su casa. Un gran español. Cada vez que me despedía, al pie de la gran escalinata de su despacho en Castellana 50, lo hacía con un “Que Dios te guarde”. Hoy, con una pena infinita y aún con la incredulidad y el golpe de la noticia, solo puedo decir “que Dios te guarde José Pedro” y que Él ahora te recompense esos desvelos por nuestra España, por la que tanto has hecho, y por la que esperamos que sigas velando desde el Cielo.

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