La crisis de los partidos, agravada con el follón de las primarias y las listas, puede llegar a herir la sensibilidad del espectador. Cádiz parece mirarse en el cantón independiente que fue en su día, porque ha perdido la conexión política con Madrid. Curiosamente, la mayoría de dirigentes gaditanos tiene mucho más en común de lo que imagina: ahora ninguno se lleva bien con el jefe. A la larga, esto se traduce en que los presupuestos tardarán en revitalizar a esta capital, a esta provincia, pero les da igual, porque tampoco entre ellos se pondrían de acuerdo. José María González fue el primero en cortar por lo sano al distanciarse del líder de Podemos, Pablo Iglesias, tras comprobar que las salidas de tono de su formación le restaban apoyos con las críticas, entre otras, a la concesión de la Medalla a la Patrona y al contrato de las corbetas para Navantia. Por si había dudas, no dudó en afearle la compra del chalé de 600.000 euros. Desde entonces, el alcalde se aferró a su propia marca electoral.

Tampoco el PP puede presumir de ser una familia feliz, aunque trate de disimularlo. Pablo Casado no olvidará que Antonio Sanz, Teófila Martínez y, entre otros, Juancho Ortiz, no le apoyaron en sus primarias contra Sáenz de Santamaría, y desde entonces su partido en Cádiz vive una pugna soterrada. De no ser porque Juanma Moreno se convirtió, sin esperarlo, en el presidente de la Junta, los sorayistas ya serían historia. La batalla interna se antoja aún más temible, en cualquier caso, en las filas socialistas. El pulso por las listas a las generales ha sido solo un aperitivo. En caso de ganar bien el PSOE las generales, la presidenta de la Diputación, Irene García, lo tendrá complicado para conservar el cargo y lo sabe, tras ayudar a Susana Díaz a retratar a Pedro Sánchez con su 'dedazo' ante la militancia, después de que ella hubiese configurado sus listas a su antojo en las andaluzas. Los pedristas y los pizarristas ya demostraron hace unos días, tras compartir mesa y mantel en El Puerto, que son capaces de pactar en contra de los susanistas, y es más que previsible su asalto al primer sillón de la Diputación.

Las costuras también han saltado en Cs, tras despachar a sus dos ediles con el peor estilo en la capital. Sin tiempo para reclutar a candidatos, carecen de medios para afrontar lo que viene y evitar el bochorno. Juanma Pérez Dorao y María Fernández-Trujillo ahora reniegan de Cs y Rivera y sopesan presentarse por su cuenta. Ni siquiera Vox puede presumir de cohesión, puesto que sus candidatos ni se conocen. Por todo ello, el alcalde, cada vez más cómodo en segundo plano -tampoco está para presumir de democracia interna con sus listas- seguirá comiendo palomitas mientras acaricia la victoria, por incomparecencia del contrario. Sabe que su partido ya no representa a los indignados que encarnó en su origen, y que no tiene una gestión de la que presumir. Pero también sabe que a la vez que Podemos se hunde en las encuestas, su silueta destaca entre tanto regalo del rival. El gaditano, ante la ausencia de política, ya ni se inmuta. El único proyecto que une a la sociedad es el porvenir de los jóvenes. Hace unos años, el horizonte no parecía alentador. Pero la marcha de la economía invita al optimismo moderado. Las terrazas se llenan apenas despunta el sol y el negocio inmobiliario vuelve a las esquinas donde antes florecían carteles de Compro Oro. Mientras los políticos construyen su república independiente, la vida continúa, a la espera de un líder inteligente, rápido de reflejos, con voluntad de acero y visión a largo. Un milagro, visto el panorama.

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