Notas al margen

El camino de salida

A Kichi no le basta hoy con los fuegos artificiales, va a más la contestación de la calle y ya no le ríen la gracia ni en su barrio

Poco antes de que los transportistas recorrieran la capital, Kichi, micrófono en mano, en su salsa, tachaba al Gobierno de "traidor" al grito de "¡viva el Frente Polisario!" El alcalde de Cádiz tiene consejos para todos los pueblos menos el suyo. Ya no le funcionan ni la suerte ni los golpes de efecto. La última idea revolucionaria de su equipo para entretener al personal pasa por permitir el nudismo en la playa. Y llega algo tarde, puesto que otras fuerzas, desde el PSOE a Vox, pasando por Cs, ya se le adelantaron en aras de la libertad de cada cual, por toda España. La experiencia y el sentido común nos han enseñado que los nudistas siempre buscan la tranquilidad, antes que tumbarse junto a un paseo repleto de gente. Lo que aún resulta más inexplicable es que se autoricen bicicletas por la playa cuando ni los ciclistas lo han pedido.

Kichi acusa el desgaste y ya no le basta con fuegos artificiales para levantar expectación. Ha perdido carisma y reflejos. No es que ahora parezca que todo, desde sus comparecencias públicas a las visitas a colectivos, le cuesta un mundo, es que ya empezó cansado su segundo mandato. En estos tres años no se le ha visto tan feliz como en el primero, porque ahora le piden cuentas a él y no puede gobernar contra nadie. Para colmo, mientras su núcleo duro se descompone, empieza a sufrir la contestación de los mismos vecinos que ayer lo adoraban. Ya no le ríen la gracia ni en su barrio, y antes le aplaudían a rabiar hasta por llegar tarde y desaliñado, porque venía de atender asuntos domésticos. José María González decía una pamplina en 2015 y al segundo le coreaban con 300 'likes'. Ahora hay días que no le jalean ni sus cobistas en tuiter, aunque lance un discurso de pensamiento universal.

Kichi ha vivido etapas tan dulces que hasta las decisiones controvertidas las exhibía como virtudes: lo mismo con sus sonoras ausencias, que cuando no respetaba el protocolo o ignoraba a quienes no comulgan con el catecismo anticapi. Mucha gente lo traducía como signo de autenticidad y libertad, mientras se le perdía el respeto a la institución que representa. Hoy, que se arregla para cada ocasión, no le perdonan una arruga en la camisa. Cuando se pilló unos meses de baja paternal en mitad de la pandemia fue visto como un sacrificio, en la necesaria lucha por la conciliación. Hoy no pocos le juzgan como un irresponsable por aquello. Está deseando ceder el testigo y él mismo anima a sus delfines con sus silencios y dejando hacer. Son señales que indican la pérdida de liderazgo, el hartazgo, el camino de salida, como saben tantos ex alcaldes. Kichi quiere cumplir su palabra -casi lo único que le queda- y es probable que no siga porque, además, es lo mejor para él. Sólo así se entiende que su jefe de gabinete anuncie su adiós. Saben que la épica que les acompañó en el ascenso al poder se esfumó casi desde el primer día. Desde que chocó con el principio de realidad que le indicó, consciente de sus limitaciones, que las soluciones populistas no sirven para cambiar nada de lo que prometió.

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