¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

La buena memoria

Con evidente retraso, leemos el catálogo-libro que el Reina Sofía publicó con motivo de la exposición que le dedicó, en 2001, a Alfonso Ponce de León, uno de los pintores más desconocidos e interesantes de las vanguardias históricas españolas. El volumen, escrito por el malagueño Rafael Inglada, recupera la vida y obra de un artista perteneciente a los círculos intelectuales falangistas y que murió asesinado en una de esas checas que proliferaron en el Madrid leal a la República, cuyo siniestro recuerdo, tan obviado por algunos historiadores de relumbrón, ha sido recuperado, entre otros, por Carlos García-Alix (hermano del fotógrafo) en su documental El honor de las injurias. Cuando se montó la exposición de Ponce de León, cuyo rastro se había perdido incluso durante el franquismo, como señaló Dionisio Ridruejo en un artículo -quizás porque su vanguardismo era incompatible con el pacato ambiente cultural de la dictadura-, dirigía el Reina Sofía Juan Manuel Bonet, al que tanto debemos por su recuperación de los movimientos artísticos del primer tercio del siglo XX, recogidos en su fundamental Diccionario de las vanguardias en España, 1907-1936. Por cierto, que una de las primeras medidas que tomó el Ejecutivo Sánchez fue su destitución al frente del Instituto Cervantes, obviando la muy buena labor que estaba realizando y demostrando, una vez más, lo perjudicial que es el manoseo político de las grandes instituciones culturales del Estado.

Volvamos a Alfonso Ponce de León. No pretende ser este un artículo-ventilador, una distribución equidistante de muertos y responsabilidades entre azules y rojos. Los recuentos interesados siempre nos han provocado tristeza y repugnancia. Lo que intentan estas líneas apresuradas es recuperar el ambiente de amistad y colaboración que existía entre los jóvenes artistas antes de que la Guerra Civil se convirtiese en una falla insalvable para la convivencia entre los españoles (como aún se empeñan en recordarnos desde el Gobierno). Ponce de León era amigo de Lorca y colaboró muy activamente con La Barraca, diseñando los escenarios y los figurines de obras como El burlador de Sevilla. Su mujer y después viuda, fue la también pintora Margarita Manso, una de las sinsombrero que, junto a Maruja Mallo, llenaron de desparpajo faldicorto las calles del Madrid republicano. Es la buena memoria de una España que, por causas que aún no se han explicado del todo, se sumió poco después en una carnicería sin precedentes. A su cultivo deberíamos dirigir nuestros esfuerzos.

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