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Gafas de cerca

Tacho Rufino

jirufino@grupojoly.com

El buen conservador

Es saludable que las conversaciones con los buenos amigos versen sobre asuntos recurrentes, preferiblemente triviales o al menos no muy lamentosos; charlas con un razonable reparto de la posesión de la pelota, tertulias sin ánimo de profundidad, mejor espontáneas que concertadas, en las que los Tom y Huckleberry de turno, por enésima vez, se cuentan y se escuchan las mismas cosas: ilusiones indelebles de cada cual, anécdotas una y otra vez convertidas en carcajadas, jamás arriesgando la corrosión del contento que suele traer el debate político; planes que son pompas -un plan urdido entre vidrios no debe ser tenido en cuenta al día siguiente-, estribillos, narraciones de fragmentos de las dilectas novelas y películas. Tampoco nunca, salvo que sea tu día, debes contar tus grandezas y hazañas: ese cupo de debe ser muy limitado, porque puede acabar siendo irritante hasta para tu mejor pretoriano. Hablo por supuesto de amigos, de los que se cuentan con los dedos de una mano: vade retro, y muy lejos, los ávidos de la escena, que saben de todo y que te lanzan una pregunta-anzuelo para, de rondó, colocarte su documentadísima barrila: esos son seres collejeables del alba al ocaso y deben detectarse precozmente, y desecharse.

Por el contrario, nada hay más perturbador para la serenidad y el buen vivir que la adicción novelera: conocer sin parar sitios y gente "interesante", el plan que no cesa, la escapada de finde en pandi. La recurrencia y la previsibilidad hacen naturales las relaciones con otras personas, todo lo contrario de lo que obra ese vaciador del alma que es el estrés social: conocerán a yonquis del acto y de la reunión. Si queremos dinamismo, excitation y novedad, leamos y paseemos, observando con asombro el fluir de los días, bien puede que a solas... o tengamos la edad adecuada. En otro caso, la vida es un sinvivir. Bajo estas premisas conservadoras -es buen conservador quien tiene cosas buenas y no materiales que conservar-, no es de extrañar que un buen amigo rarito y yo nos contemos, declamando y dramatizando si hace falta, la escena final de Blade Runner. Una y mil veces, y que nos queden muchas otras. Y llene aquí, por favor.

El nexus Roy Batty (Rutger Hauer) sostiene de la mano al blade runner Deckard (Harrison Ford) en el alféizar de la azotea del edificio Bradbury de Los Ángeles, que parece derretirse por la lluvia incesante de un mundo ya siempre oscuro, como se consume fatalmente en esa escena la vida programada del replicante: "Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad? Es lo que significa ser esclavo". No seamos esclavos de nuestro trajín. Y no esclavicemos a los semejantes.

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