De vez en cuando se echan en falta los besos de pueblo. Aquellos besos en apariencia empalagosos -sonoros, eternos y repetitivos (¡muac, muac, muac!)- que humedecían las mejillas de los pequeños que, a ojos de la tía lejana que los visitaba, siempre habían crecido un montón y se atisbaban futuros hombrecillos dignos del apellido que llevaban. Nada que ver con los protocolarios besos urbanos, esos trampantojos de besos que en verdad son soplos al aire que huyen de las mejillas para perderse en un vacío sin retorno. Besos forzados, ausentes del calor familiar, lejos del beso sentido y cordial que anticipa un encuentro querido y buscado. Pero ahora que vemos tantos besos en la tele, ahora que la campaña electoral se nutre de besos urbanos que serían repelidos si no mediara el interés del voto, ahora conviene distinguir entre los verdaderos besos de pueblo y entre quienes buscan, desesperados, el beso del pueblo. No es lo mismo.

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