José De Mier Guerra /

De la barbería a la peluquería

Alo largo del tiempo el vello facial, la barba, ha sido considerado como un signo de potencia sexual, aunque también su crecimiento incontrolado ha sido visto como una falta de higiene. Casi todos los adolescentes ansiábamos que nos saliera la barba para poder afeitarla, a partir de entonces parecía que eras un hombre "con toda la barba". Durante el siglo XX se ha pasado de la necesidad de ser afeitado por otra persona, mediante una navaja barbera, a afeitarse por uno mismo mediante una maquinilla (rastrillo) con cuchilla de una sola hoja "desechable".

El experto en rasurar la barba, el barbero, realizaba su oficio con sus "herramientas", éstas eran "la navaja barbera", a la que se le suavizaba el filo casi constantemente mediante "el asentador", artilugio con mango y una tira de cuero sobre el que se deslizaba la navaja con el lomo hacia adelante dejando atrás el filo; la "tacilla", para contener agua jabonosa producida por el "jabón de afeitar"; y la "brocha", para embadurnar la barba -"bañar"- con objeto de suavizar el pelo y facilitar su rasurado. También dominaba el barbero la habilidad de "arreglar" el cuello con tijeras y navaja y en ocasiones pelar el cabello con "maquinilla de pelar", peine y tijeras. El hecho de que por momentos fuera menor la demanda del afeitado, una vez popularizada la cuchilla de afeitar, -el ejército americano durante la primera Guerra Mundial ya utilizaba "hojas de afeitar Gillette"-, propició que el barbero ejerciera cada vez en mayores ocasiones las labores de peluquero (corte de pelo) y que, de esa manera, la tienda del barbero se fuera desplazando por el salón del peluquero.

En Chiclana, donde durante muchos años del pasado siglo los obreros vivían prácticamente de una economía de supervivencia dependiente del campo y de la salina esta transformación se hizo mas lenta de tal manera que en los años setenta aún era bastante normal acudir al barbero para afeitarse.

El local destinado a barbería, casi siempre de tamaño reducido, era algo más que una tienda, era un lugar de encuentro donde se hablaba y se discutía de todo. Recuerdo cómo, además de poder leer el Diario de Cádiz, siempre podíamos encontrar el España de Tánger, diario que llegaba por la tarde (debía de pasar el estrecho); era el más liberal de entonces y se estuvo editando hasta 1971. El personal, sobre todo el procedente de la viña y del campo, era entonces mas aficionado a la fiesta de los toros que al futbol, por ello tampoco solía faltar en la barbería los semanarios Dígame, que fue el más importante durante los años sesenta, y El ruedo, que se publicó hasta 1971.

Se contrataban abonos mensuales y anuales, estos consistían normalmente en un afeitado cada semana, el arreglo del cuello cada dos semanas y un recorte de pelo cada mes. Los últimos precios de estos abonos llegaron a costar del orden de cincuenta a sesenta pesetas a finales de la década de los sesenta. Algunas barbas recias y endurecidas por el sol y el viento, además de por el sulfato, el azufre y el polvo de la viña, había que "bañarlas" durante un buen rato en espuma de afeitar para suavizar y hacer posible el rasurado. Una vez afeitado, el masaje más común era con un compuesto de alcohol, agua y unas gotas de mentol.

El pelado era con maquinilla y tijeras, se utilizaban blancos peines de hueso. El pelado a navaja no llegó hasta los años setenta en la barbería de Miguel Pérez. No era normal lavarse la cabeza, el primer champú no llegó hasta los setenta y se vendía en porciones, un rombito de plástico que contenía un champú al huevo o a la brea y que servía para un lavado. Los niños y las mujeres se lavaban la cabeza con jabón verde y se enjuagaban con agua con vinagre; para los mayores, la gorra lo tapaba todo, en muchos casos se "emplastaba" el pelo con un poco de colonia y brillantina que se compraba en "casa Conchita".

A pesar de que el ser barbero estaba considerado como un buen oficio, éste era durísimo, se entraba de aprendiz con siete u ocho años y se trabajaba todos los días hasta casi las doce de la noche, incluso las mañanas del domingo, también había que aprovecharlas.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios