por montera

Mariló Montero

Los bancos

ÉSTA es la historia sobre la conversación entre dos amigas mientras se vestían en el gimnasio. Se la puedo contar a usted por la intimidad que nos confiere esta columna y porque ellas no hablaban precisamente entre susurros. Más bien parecía una arenga. A la primera la bautizaremos Rocío mientras que a la segunda podemos denominarla Candela. Rocío le confesaba a Candela que tenía miedo de mantener sus ahorros en un banco concreto donde siempre la habían tratado con "cariño". Pero, relataba, cuando hizo el traspaso a un banco "bueno" el empleado fue muy borde en su acogida. Aun así, prefirió que la atendiera mal a ella antes de que manejasen mal su dinero. Candela, quien también había decidido cambiar de banco, le confesó su aventura personal.

El dinero es poder y el trato según la cantidad muy diferente. Candela eligió acudir a la oficina principal de "otro banco bueno" español. Entró en sus dependencias con sencillez. La invitaron a sentarse en una mesa tras la cual había una gestora a la que ella definió como una "mari". La tuvo sentada más de una hora mientras comía caramelos, se quejaba del aire acondicionado de la oficina, le contaba cosas personales de sus hijos o atendía a su cuñada por teléfono. Candela, entre dulces y charlas familiares de la otra, le pedía información sobre los depósitos a riesgo cero y mejor rentabilidad. La gestora le daba información a cuentagotas y sin mucha confianza. En realidad, no le estaba facilitando la operación hasta el punto de llegar a decirle que volviera la próxima semana.

El cambio de actitud de la gestora brotó cuando le desveló las cantidades de las que podrían estar hablando y cuando le pidió hablar con el director. La gestora insistía en alejarla del jefe del templo. Tuvo que escuchar aquella explicación sobre la distribución del edificio según el tipo de cliente: en planta baja se atendía a los corrientes, en la segunda a la Banca Personal y en la tercer a la Banca Privada. En poco tiempo, Candela, que iba soltando pistas como Pulgarcito para lograr convertirse en clienta, consiguió sentarse ante el director adjunto en el piso de arriba a quien, también, parecía que le había caído un marrón. Hasta que apareció el director sin más aviso y la subió a la tercera. Fue este último quien aclaró todas sus dudas mientras iban rodando las cabezas de los pisos inferiores.

Rocío, que había escuchado con atención ese relato, le confesó que estaba pensando en comprar una caja fuerte y pasar de los bancos. ¿Podemos vivir sin los bancos? Preguntaba una a la otra. Ambas concluyeron en que, de los bancos y sus agentes, sólo querían saber si su dinero estaba seguro y que las trataran de manera adecuada. Ya que esto es un negocio delicado para todos vamos a llevarnos bien, que demasiado crispado está el personal.

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