EL ORDEN DE LOS TIEMPOS

Enrique / Bartolomé / Abogado

El ayuntamiento de Peral

EL edificio que cuando acabe su restauración albergará el consistorio portuense, tiene detrás una historia poco conocida. El proyecto arquitectónico original, que data de 1875, se realizó para ubicar en el mismo a los Juzgados y Escuela Superior de Niños, comenzando su construcción dos años más tarde. Sin embargo, veinte años después, el entonces alcalde Severiano Ruiz Calderón opta porque fuera sede el nuevo ayuntamiento republicano.

A decir del historiador portuense Francisco González Luque, los primeros representantes de la ciudad tuvieron su sede en el Castillo de San Marcos "desde que, reconquistada, pasó a manos de los cristianos y se convirtió en villa de señorío, hasta poco después de su incorporación a la Corona (1729)".

A partir de ahí, las Casas Consistoriales se fueron ubicando provisionalmente en edificios señeros de nuestra ciudad. En la Casa de la Aduana estuvo poco tiempo y entre 1734 y 1842 se establecieron en la casa de Marcelo de Torres de la Plaza de la Iglesia. Así hasta que con la desamortización de Mendizábal ocupa las dependencias del Convento de Santo Domingo, donde permanecieron hasta finales del siglo XIX.

Para que la construcción del denominado Palacio Municipal en la Plaza de Peral fuese una realidad, tuvo que darse la desgraciada orden del derribo del Convento de San Antonio de los Descalzos a raíz de la revolución de 1868. Una de las medidas anticlericales adoptadas por la Junta Revolucionaria de El Puerto fue precisamente ese derribo, aunque con el objeto de que se convirtiese en un gran paseo en el centro de la población. Sin embargo, tras construirse el Palacio Municipal, el 12 de septiembre de 1897 "se trasladó la representación del pueblo al magnífico edificio". Los Descalzos había permanecido en pié desde mediados del siglo XVII, y según todas las referencias históricas, fue construido bajo el auspicio del entonces Duque de Medinaceli, Antonio Juan Luís de la Cerda.

Atendiendo a su fecha de construcción (1877), el que iba a ser Palacio de Justicia se encuadraría en las tendencias de la arquitectura eclecticísta, tan dada a recrearse en estilos anteriores e insistir en los postulados clásicos. Para González Luque, tiene su explicación, en lo que trajo consigo la restauración Borbónica en la persona de Alfonso XII en cuanto respecta al progreso técnico y las novedades en materiales como hierro, hormigón y cristal. Esta edificación de fachadas con predominio de la horizontalidad es herencia de la arquitectura burguesa del periodo isabelino. De ésta retoma también la monumentalidad y los resabios clasicistas.

"En la bahía gaditana la evolución de la construcción neoclásica fue lenta, observándose durante la mayor parte del siglo XIX elementos arquitectónicos y ornamentales de la más pura tradición grecorromana" -nos dice el profesor González Luque-, y añade que las pilastras, frontones, entablamentos con frisos y cornisas; arcos de medio punto, balcones abalaustrados y sillares almohadillados son elementos que aparecen en esta fachada del Palacio Municipal, como en otros edificios decimonónicos. Luego es difícil precisar dónde acaba lo neoclásico y comienza lo isabelino.

A destacar en su interior la ancha escalera central, de compostura elegante y tipo imperial, se sitúa frente a la puerta de entrada principal del edificio. Tres arcos semicirculares descansan en un par de columnas toscanas de mármol.

En su trabajo 'El antiguo ayuntamiento', el profesor González Luque se pregunta: "¿estaremos en presencia de otro ejemplo arquitectónico caracterizado por su anacronismo estilístico?: construir un edificio neoclásico a la usanza del último cuarto del siglo XVIII, cuando por los años en que fue levantado, ya se estaba desarrollando el modernismo en otros lugares, nos inclina a lanzar esta hipótesis".

De un extraordinario convento a un esperpéntico lugar con aparcamiento subterráneo incluido (sin araucarias ni palmeras de verdad), pasando por un proyectado paseo que nunca fue. Sea como fuere, la crujía del imponente edificio se yergue en el centro de El Puerto a medio rehabilitar, en el costero de una plaza cuanto menos controvertida, a la espera que las administraciones se decidan a dar el carpetazo a tantos desencuentros.

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