El catamarán

rafael Navas

Hay que arreglar el 'salón de la casa'

LA Junta de Andalucía, a través de la Consejería de Fomento, ha dado a conocer esta semana su proyecto para la nueva estación de autobuses de Cádiz, junto a la de ferrocarril. No es una estación despampanante. No ha despertado entusiasmo a raudales ni va a ganar -seguramente, quién sabe- ningún premio de arquitectura o ingeniería. Es una estación de ocho andenes, simple, austera, como toca en los tiempos que corren. Si se hubiese hecho algo diferente, con una visera con forma de barco o de caballa caletera, la gente se quejaría. Si hubiese costado más del millón y pico presupuestado, también. Pero como se ha tirado por lo modesto, la gente se queja de que es simple. En fin, nunca se sabe cómo acertar.

El caso es que esa es la estación que nos toca para coger el autobús en los próximos decenios. Tampoco hay que darle muchas vueltas a algo así. Es una estación de autobuses, no un museo ni un hospital. Lo que debería preocuparnos más es el entorno en el que se va a poner en marcha esta nueva infraestructura de la capital: la plaza de Sevilla, convertida por obra y arte de Renfe y del tráfico marítimo en la puerta principal de la ciudad, su principal escaparate y reclamo de cara al exterior.

Porque no se puede hacer peor. De unos años para acá, todas las administraciones y organismos implicados se han encargado de convertir este espacio fundamental de la ciudad en el summum del feísmo, el mal gusto y la incomodidad. Comencemos por esa absurda verja que existe en el muelle ciudad para regocijo de los anteriores gestores de la Autoridad Portuaria. Una verja que sirve para custodiar dos o tres contenedores cada día (siendo generosos) y que, al contrario que sucede en otros puertos, convierte la llegada de cualquier crucerista (o 'catamaranista') a la ciudad en algo parecido a una cárcel o al mismísimo Pentágono. Esperemos que los nuevos aires portuarios concluyan determinando su inutilidad y la echen abajo, cual muro de Berlín, dentro de poco. Y luego está el edificio de la Aduana, que se carga cualquier intento de planificación en este espacio y oculta la visión de una estación de trenes mucho más vistosa, en la que el Estado, o sea, todos los ciudadanos, han invertido millones de euros.

Es de sentido común que este edificio está de más, que no tiene valor arquitectónico alguno y que si sigue ahí es porque la Junta, en su momento, le hizo el juego a un colectivo minoritario de ciudadanos para hacerle la puñeta a un Ayuntamiento votado por una mayoría de ciudadanos. Sin la Aduana y sin la verja del muelle, la plaza de Sevilla, a poco que se hagan las cosas bien, sería el espacio que Cádiz necesita y la estación de autobuses, por muy simple que sea, ganaría mucho. Eso sí, cuando todo eso se haga, que el Ayuntamiento haga su parte del trabajo eliminando ese obelisco absurdo, feo, inútil y fuera de escala. Si aquí no se libra nadie. Se han lucido todos.

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